¿Cómo no iba a estar feliz?
—Pamela —la llamó Vanesa de pronto.
Pamela retiró la mirada de inmediato y la vio, con los ojos empañados.
Vanesa la miró con expresión complicada y al final suspiró.
—Pamela, esta fue decisión mía. No te desquites con Kiki. Ella, de principio a fin, no dijo ni una sola palabra contra Lucía.
Pamela maldijo por dentro. Claro que Kiara no tenía que decir nada: con que se quedara callada, su mamá y los demás ya salían a pelear por ella.
¿Para qué iba a hablar?
Pero no se atrevió a mostrarlo. Solo asintió, toda “tierna” y “obediente”.
—Lo sé. Lucía se equivocó… ¿cómo me voy a desquitar con Kiara?
—Qué bueno que lo entiendes —Vanesa la vio con esa cara de víctima y le subió el fastidio.
Suspiró otra vez.
—Ya. Nada de estar llorando. O te subes a tu cuarto a tranquilizarte, o te sientas a comer.
Pamela, por supuesto, no podía irse.
Si se iba, ¿no era darle a Kiara la oportunidad perfecta para ponerse más creída? ¿Para adueñarse todavía más de su familia?
Ya había perdido ventaja.
Si se levantaba de la mesa así nada más… ¿quién sabía qué iba a decir Kiara de ella frente a todos?
¿Y si, a escondidas, los convencía de correrla a ella también, como corrieron a Lucía?
No. No iba a dejar que Kiara ganara.
—Y-ya no lloro —dijo Pamela, secándose los ojos con una servilleta. Como no quería arruinarse el maquillaje, solo se dio golpecitos—. Hoy mi mamá por fin cocinó… y yo también quiero probar lo que hizo…
Esa frase era una indirecta clarita para Vanesa: en todos estos años, Vanesa casi nunca había cocinado para ella, pero sí lo hacía una y otra vez por Kiara.
Si Pamela probaba “la comida de su mamá”, era solo de rebote, gracias a Kiara.
Total, la única lastimada era ella.
La única a la que le dolía era a ella.
Ellos tenían a Kiara; claro que iban a estar tan contentos.
Pamela se tragó el mal humor, se puso una sonrisa y caminó hacia la mesa.
Apenas se sentó, oyó a Álvaro preguntar, frunciendo el ceño:
—Kiara, ese Quino… Sí, es capaz, tiene buena familia y está guapo; casi no tiene defectos. Pero al final es hombre. Y los hombres no sirven. No le creas nada, no dejes que te vea la cara, ¿ok?
Kiara no esperaba que aquel “zorro” le pareciera tan bueno a Álvaro.
Cuando escuchó lo último, no pudo evitar reírse.
—Álvaro, cuando te pones así, terminas hablándote mal tú solo. No solo te estás insultando a ti… también al abuelo y a mi papá.
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