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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 349

Pamela también se sacudió por dentro y abrió los ojos hacia Álvaro.

¿Álvaro quería que Lucía le pidiera perdón a Kiara?

Lucía era la niñera que la había cuidado desde que era chica.

En la casa Ibarra, Lucía era “su gente”.

Obligar a Lucía a pedirle perdón a Kiara era lo mismo que obligarla a ella a agachar la cabeza.

Era ponerle la cara enfrente a Kiara para que Kiara la humillara.

¿Y todo por haber tocado una caja? ¿De verdad iban a hacer un escándalo por eso?

—¿Qué? —Álvaro vio la expresión de Lucía. Entrecerró los ojos; detrás de los lentes se reflejó una frialdad cortante—. Ni para pedir perdón sabes con quién. Si estás tan ciega, entonces empaca y lárgate.

Lucía se quedó blanca, sin sangre.

Pamela se puso peor.

Cada palabra de Álvaro le sonaba como una bofetada en la cara, una tras otra, cargadas de humillación.

Sintió que Álvaro estaba usando a Lucía como pretexto para darle una advertencia: en esa casa, ella tenía que bajarle la cabeza a Kiara.

Todos decían “vamos a tratar a las dos igual”, “vamos a ser justos”.

Puras mentiras.

Todos estaban del lado de Kiara.

Pamela puso una cara lastimera, con lágrimas contenidas, aunque por dentro le temblaban los dedos del coraje.

Se levantó, apretando la falda, y quiso hablar por Lucía:

—Álvaro, no te enojes con Lucía. E-es que mamá siempre me ha consentido… siempre me tiene todo listo, todo preparado…

Se mordió el labio; la voz se le quebró más.

Levantó apenas la ceja y miró a Kiara, esperando su decisión.

Pamela se enfureció tanto que sintió que se le revolvía todo del coraje. Tenía los ojos rojos, inyectados.

¿Todavía querían que Kiara la humillara más?

Pamela apretó los dedos con más fuerza, respiró hondo y, con los ojos enrojecidos, le suplicó a Kiara, con voz temblorosa:

—Kiara… Lucía de verdad no lo hizo a propósito. Fui yo… yo no debí ilusionarme. Perdona a Lucía, perdóname a mí… yo… yo también te pido perdón…

Se levantó de golpe para inclinarse y disculparse.

Pero por la prisa, golpeó la silla y se lastimó. Se le fue el color de la cara; aspiró aire con dolor, viéndose todavía más “pobrecita”.

Aun así, abrazándose el brazo adolorido y con esa cara de víctima, no recibió lo que esperaba… ni una pizca de compasión de la familia.

***

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