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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 343

—¿Te duele mucho?

Kiara notó cómo se ponía más rígido.

—Relájate. Entre más te tenses, más te va a doler.

Joaquín no podía decirle que no era por el dolor, sino por el contacto.

—Ajá… —murmuró, ambiguo.

De pronto, Kiara se inclinó.

Su cabello largo le cayó a los lados del rostro.

Y luego, una corriente tibia rozó la herida de su espalda.

Una respiración suave, caliente.

Joaquín se quedó tieso.

¿Kiara estaba… soplándole la herida? ¿Como para calmarlo?

—Este ungüento hay que masajearlo para que se absorba. Puede doler —dijo Kiara, sin emoción aparente, con el aliento cálido todavía cerca.

Sus manos rodearon la herida y empezó a masajear con movimientos lentos y suaves.

El calor de su palma, la suavidad… y el aire tibio que le soplaba…

Joaquín ya no podía relajarse ni aunque quisiera.

A esa distancia, incluso alcanzaba a percibir el olor tenue de ella: limpio, fresco, mezclado con el aroma del medicamento.

Ese tipo de contacto…

Era peor que cualquier coqueteo.

A Kiara también se le descontroló un poco el corazón.

Ni ella sabía por qué había hecho eso: soplarle la herida a un hombre mientras lo curaba.

Solo quería que le doliera menos.

Bajo su palma estaba su espalda firme, fuerte.

Y junto a su oído, la respiración de él se volvía más pesada, con un deje extraño, casi como un jadeo…

Era… demasiado provocador.

En esa postura, el olor a cedro que traía él parecía envolverla por completo.

Los dedos de Kiara temblaron apenas.

Joaquín se incorporó despacio y movió los brazos con cuidado.

Ya no era como antes, que cualquier movimiento le jalaba el cuerpo entero.

Ahora solo quedaba un dolor leve. Ese ungüento de Kiara era una locura.

Joaquín la miró de lado mientras ella guardaba el botiquín. El cabello le rozaba la mejilla, y él volvió a recordar…

El calor de su aliento cuando le soplaba la herida.

La mirada se le oscureció un poco. Sonrió, y en los ojos se le notaba la intención.

—Se voltearon los papeles. Se suponía que yo debía estar cuidándote y curándote la mano a ti.

Kiara levantó la mano; ya casi estaba bien.

—En vez de preocuparte por mi mano, preocúpate por si vas a recuperar tu nivel de antes.

—Tú eres Milagros. Contigo, aunque me muera, revivo —dijo Joaquín, y se acercó—. ¿Qué? ¿Te preocupas por mí?

Sus ojos brillaron, con una expectativa casi infantil.

—Entonces… ¿mi “héroe salvando a la chica” sí te conmovió tantito?

***

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