—Roca.
Kiara guardó el celular en el bolsillo.
—Limpia todo. Llévatelos y sácalos hablando. Quiero saber cuántos vinieron en total.
Que todavía aparecieran asesinos significaba que aún había gente suelta.
—¡Entendido! —respondió Roca al instante.
Con ayuda de Gloria y Jorge, amarró a los hombres con rapidez, los subió al carro y se los llevó.
La casa volvió a quedar en silencio.
En el aire todavía flotaba un olor tenue a pólvora y sangre.
Kiara giró la cabeza y miró a Joaquín, recargado contra la pared, con esa sonrisa floja y despreocupada en la boca.
Al verla, él alzó apenas los labios y le sonrió de manera brillante.
La luz del patio le caía encima y le marcaba todavía más ese rostro guapo y frío, con un aire peligrosamente atractivo.
—¿Qué tal? ¿Me salió bien el numerito?
Sonrió, con esa voz grave y seductora, como si jalara con un gancho:
—Conmigo aquí, don Regino, Camilo y Vanesa… seguro no van a sospechar nada.
Se detuvo un instante y el final de su tono subió, insinuante:
—Entonces, Kiki… ¿cómo me vas a agradecer?
Kiara caminó hasta quedar frente a él. Se detuvo y alzó apenas la mirada; sus ojos oscuros lo observaron sin moverse.
Sosteniéndole la mirada, preguntó:
—¿Cómo quieres que te agradezca?
Que ella estuviera tan dispuesta lo tomó por sorpresa.
Joaquín se quedó quieto un segundo.
Era otra persona.
Sobre todo esos ojos, que normalmente la miraban como si estuviera presumiendo, coqueteando sin pena… y ahora de verdad estaban llenos de cuidado y de miedo.
Kiara no aguantó y se le escapó una sonrisa.
—Está bien.
Esa respuesta le encendió el mundo a Joaquín.
Los ojos se le iluminaron, como si se le hubiera despejado todo el cielo; la tristeza y el agravio se le borraron de golpe.
Sonrió.
Y ese rostro guapo, frío y peligroso se volvió todavía más impactante.
Tan rápido se le pasó el “berrinche” que a Kiara le dio risa, y al mismo tiempo algo dentro se le ablandó.
Lo miró sonreír y, de pronto, le tomó el brazo al revés, jalándolo hacia la sala.

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