Tristán y Dana, con cara de fastidio, bajaban bolsas y más bolsas de la cajuela.
A Kiara se le iluminaron los ojos de inmediato; hasta sintió que el dolor ya no dolía tanto.
Cojeando, arrastrando la pierna lastimada, corrió hacia esos papás que tanto extrañaba:
—¡Papá, mamá! ¡De verdad vinieron!
Su abuela le había dicho que, como estaba herida, sus papás irían a verla.
Kiara había pensado que solo la estaba consolando.
Pero era cierto.
Sin embargo, lo que la recibió no fue un abrazo cálido.
En cuanto se acercó, Dana frunció el ceño y la miró con asco: a esa niña hecha un desastre, sucia, con sangre seca y moretones. Sin pensarlo, la empujó.
Kiara ya estaba bastante lastimada. Con ese empujón, su cuerpecito cayó con fuerza sobre el lodo lleno de piedritas.
El golpe le pegó a las heridas; el dolor fue tan agudo que se le fue el color de la cara. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Y tú por qué lloras? ¡Nada más sabes hacerte la víctima! —Dana la miró con frialdad. No había ni un poco de preocupación; solo repulsión e impaciencia—. ¿A poco crees que no me doy cuenta? Seguro hiciste que tu abuela nos marcara para obligarnos a venir, ¿verdad? ¡Con lo chiquita que estás y ya sales bien colmilluda!
Mientras hablaba, la recorrió de arriba abajo con una mirada venenosa.
—Yo te veo bien. Ahí andas, hasta corriendo. ¡No tienes nada! Con lo chiquita que estás y ya mientes y manipulas… de veras naciste con mala entraña.
Kiara se quedó en blanco.
A Dana le ardió el reclamo y contestó peor, señalando a Doña Julia:
—¿Y yo qué? ¿Ahora resulta que soy la mala? ¿Usted cree que ustedes viven aquí tranquilos por arte de magia? ¡Nosotros tenemos que trabajar!
—¡Con la porquería de empresa que dejó tu papá, Tristán y yo nos partimos el lomo para levantarla! ¡Hay un montón de gente que depende de nosotros!
—¿Usted sabe cuánto cuesta ir y venir de Clarosol hasta este rancho? ¿Cuánto tiempo me hace perder? ¡Lo que se nos va en un día son negocios de millones! ¿Entiende o no?
Señaló otra vez a Doña Julia y luego a Kiara:
—¡Ya no nos estén marcando por cualquier cosa!
—¡Tú…! —Doña Julia temblaba de coraje. De inmediato le tapó con fuerza las orejas a Kiara para que no escuchara esas palabras que partían el alma.

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