—Lo está haciendo a propósito para picarnos, para que nos dé celos. ¡Y eso prueba justo lo contrario: que sí le importamos! ¡Quiere que le hagamos caso!
Tristán, conforme hablaba, se fue exaltando hasta que soltó una carcajada casi fuera de sí.
Parecía que ya se estaba imaginando la escena perfecta: Kiara regresando con la familia Zúñiga, y la familia Zúñiga levantándose de la lona… incluso volviendo a la cima.
Benjamín entreabrió los labios como si fuera a decir algo, pero al final los apretó.
Miró a Tristán, desbordado, y lo que se le vino a la mente fue la cara de Kiara cuando se fue: fría, tranquila, sin una pizca de nostalgia.
Tenía la sensación de que esta vez…
sí era distinto.
A un lado, Catalina, que había permanecido callada todo el tiempo, bajó la mirada. Con los dedos finos apretó el borde de su vestido hasta arrugarlo.
***
Kiara volvió a casa y, tal como esperaba, todos estaban ahí esperándola.
Platicó un rato con su familia y luego subió a su cuarto. Se aseó y se durmió.
Seguramente todavía traía el estómago revuelto por la bola de tóxicos de la familia Zúñiga.
Entre sueños…
Kiara sintió que volvía a ser una niña flaquita y chiquita, de apenas cinco años.
Estaba frente a la mesa de una casa vieja en el campo, bajo una luz amarillenta que parpadeaba.
Con un celular viejo y maltratado entre las manos, marcó con cuidado ese número que ya se sabía de memoria.
Escuchó, llena de ilusión, el tono largo y repetitivo. Sus ojos, negros y brillantes, resplandecían.
Pero en cuanto contestaron…
lo que oyó fue la voz de Tristán, siempre con ese tono a medias, como si le estuviera haciendo un favor:
—¿Kiki? Papá está ocupado con un proyecto muy importante. Cuando termine voy a verte, ¿sí? Pórtate bien, hazle caso a tu abuela y no…
—Sí, sí… está delicioso…
Esa risa no tenía nada que ver con lo cruel que era con Kiara.
La llamada se cortó.
Kiara se quedó con el celular apretado. Las lágrimas le ardían en los ojos.
…
Entonces la escena cambió otra vez, de golpe.
Era un camino de terracería lleno de lodo. Del cielo caía una llovizna fina.
La Kiara chiquita estaba llena de golpes; traía parches en la frente y en el cuerpo. La rodilla izquierda estaba envuelta en un vendaje grueso, ya manchado.
Daba muchísima lástima.
Un sedán de lujo, totalmente fuera de lugar en ese entorno, estaba estacionado frente a la casa.

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