Tristán sudaba frío; le temblaban los labios y quiso explicar, desesperado:
—Señor Eugenio, fue un malentendido… de verdad…
No alcanzó ni a terminar.
Lo que dejó todavía más impactados a los Zúñiga fue lo siguiente:
Eugenio aventó a Samuel al piso, se enderezó con calma y los miró desde arriba, con esa expresión altanera.
—A ver, escúchenme bien. Kiara es la jefa de todos nosotros.
—A ella no la rozan: vale más que toda tu familia junta. ¿Quiénes se creen para insultar a nuestra Kiara y todavía querer pegarle?
—N-no… —Tristán ya estaba temblando.
—¡No me vengas con mamadas! —Eugenio escupió al lado—. En mi territorio, tocar a quien yo protejo… ¿quién chingados te dio permiso?
Andrea se cruzó de brazos.
—¿Para qué pierdes el tiempo hablando con él? Yo vi que él… y ella también intentaron pegarle a Kiara.
Sonrió con encanto, moviéndose con una coquetería peligrosa, y señaló con un dedo a Samuel y luego a Dana.
Su voz era suave, pero lo que dijo fue como cuchillo:
—La mano con la que intentaron hacerlo… se la llevan y se la dejan inutilizable. Que no vuelvan a estorbarle a Kiara.
—No… no… —Tristán ya tenía la espalda empapada de sudor.
Él había creído que Kiara apenas tenía algo de contacto con ese grupo por estar con el presidente de los Carrasco, y que esos juniors solo la estaban ayudando “por cortesía”.
Nunca se imaginó que fueran a protegerla así.
La forma en que la defendían…
Era como si la tuvieran en un pedestal.
Una malagradecida: solo sabía guardarse las cosas y dejarlos colgados.
Si Kiara era “la Kiara” de ese grupo…
Entonces, ¿por qué hace rato no aceptó de una vez lo que ella le pidió?
Con que Kiara abriera la boca, esa deuda por las carreras ni siquiera tendría que contar.
Con que Kiara abriera la boca, los Zúñiga no estarían al borde de la quiebra.
Esa pinche vieja lo hizo a propósito.
A propósito para verlos hacer el ridículo, para obligarlos a agachar la cabeza.
La mirada de odio de Dana era tan evidente que Eugenio entrecerró los ojos y la miró de reojo, desde arriba.
—Veo que la señora Zúñiga no está muy conforme… —sonrió con descaro, pero los ojos estaban helados—. ¿Qué? ¿Cree que no tengo derecho a pedirle una mano?

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