—¡Hesperia jamás participaría en algo tan atroz!
—¿En serio? —La voz de Joaquín, profunda, grave y cargada de una burla letal, resonó a través de los altavoces de todo el estadio. Seguía sentado plácidamente frente a su monitor.
Con un último toque en su teclado...
Desplegó, en la pantalla gigante, el registro completo de firmas digitales y autorizaciones internas.
Las marcas de tiempo, los códigos de acceso, las firmas de los ejecutivos... todo encajaba a la perfección.
No había escapatoria posible. Las pruebas eran irrefutables.
Al mismo tiempo, Álvaro Ibarra cortó una llamada en su teléfono celular. Levantó la mirada, observando con hielo en los ojos a los aterrorizados directivos de Hesperia.
Habló con una frialdad absoluta:
—Mi equipo de adquisiciones acaba de congelar todos los activos vinculados a este torneo, así como las puertas de enlace de sus servidores.
—Las cuentas a su nombre, el mantenimiento de los centros de datos, todo ha quedado bajo nuestro control.
Álvaro se ajustó las elegantes gafas doradas sobre el puente de la nariz.
—Me encantaría ver cómo intentan borrar las bases de datos ahora. No van a destruir ni una sola evidencia.
La sala de control se sumió en un pánico caótico.
...
En otra parte del estadio.
El palco VIP.
Volviendo al momento exacto en que la puerta fue derribada con furia.
Esteban Ibarra y Damián Ibarra entraron como dos demonios, armas en alto.
Desprendían un aura asesina capaz de congelar la sangre.
Los funcionarios de Hesperia que acompañaban a El Enviado perdieron la poca compostura que les quedaba.
Uno intentó salir corriendo despavorido.
Otro se arrojó sobre un portátil para borrar los archivos de la organización.
Y un tercero, en su desesperación, llevó la mano a su cinturón para sacar un arma.
—Estúpidos.
Esteban entrecerró los ojos, avanzó un par de zancadas y pateó una mesa de cristal con tanta fuerza que la hizo volar.
¡Pum!
El pesado cristal se estrelló contra las rodillas del técnico que intentaba borrar los datos.
—¡Aaaah!
Pero ya era tarde.
El líquido brillante y azulado ya había entrado a su torrente sanguíneo.
—¡Rooaaar!
El Enviado soltó un aullido desgarrador que no tenía nada de humano.
Su rostro se desfiguró por completo. Sus huesos comenzaron a crujir como ramas secas rompiéndose, sus músculos se hincharon hasta destrozar su traje a medida, y venas gruesas como cuerdas brotaron bajo su piel.
En cuestión de segundos, su cuerpo se había transformado de una forma aberrante y grotesca.
Sin embargo, era obvio que la mutación era inestable.
A diferencia de las bio-quimeras de la cápsula, no parecía un producto perfeccionado, sino un adefesio defectuoso a punto de colapsar.
Aun así, el estallido de fuerza bruta que lo embargó fue aterrador.
De un solo manotazo, hizo volar la consola que tenía delante, y balanceando uno de sus enormes brazos, se abalanzó contra los servidores principales de la sala.
Quería destrozar la información.
¡Y escapar en medio del caos!
—¡Me lleva el diablo! —Damián, con la cara pálida por la sorpresa, maldijo a viva voz—. ¡Esos malditos de Ocaso Negro están dementes! ¡Tratan a su propia gente como carne de cañón!

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