Al segundo siguiente.
Toda el área de concentración cayó en un silencio repentino, cortado de tajo.
Por aquel portalón, una fila de jóvenes ingresaba con el porte de un desfile sereno pero regio, sin torpezas ni prisa alguna.
Era indiscutiblemente la estampa viva de Solarenia.
Al instante en el que los asistentes distinguieron a la perfección las galas que esos chicos traían puestas, aquellos cuyas lenguas afilaban las burlas, congelaron toda su mueca, y a más de uno se le fue el color del rostro.
Aquella estampa miserable con la que soñaba Jacinto Espinoza, ver a los foráneos embutidos en esa asquerosa vestimenta deportiva provista por su familia, jamás existió.
Los treinta y cinco elementos que constituían a la delegación, amparados por el mismísimo profesor Cáceres yendo en el frente.
Ingresaron avanzando, sus zapatos al son coordinado, con una sincronía impoluta, plantándose sin miramientos y sin temblores en aquel lugar, el de los competidores.
Caminaban ataviados de principio a fin, bajo un único estándar regio, el cual solo emanaba alta costura.
Varones abrigados por unos hermosos trajes sastre; las señoritas relumbrando en vestidos de alta costura, entrelazando un estilo tradicional con una belleza avasalladora.
Aquellos diseños tan elegantes perfilaban a la perfección a jóvenes inexpertos, pero que hoy exhibían un corte sagaz, una actitud tajante y audaz a sus espaldas.
Y sobre todas sus virtudes, el encanto en la sección pectoral, ese destello que ondeaba en tonos escarlata de la majestuosa y pura bandera de su tierra natal. Bajo los juegos de focos, aquellos símbolos brillaban en apoteosis de forma gloriosa.
Llamativa, respetable.
Al tiempo que ese bloque de más de treinta muchachos marchaban con postura recia y gallarda en medio de la vía principal, dirigiendo cada huella hacia la cuadrícula de su gente y patria.
Esa embestida para los sentidos era casi un golpe, una dominación que pasaba por encima de todos como un huracán de grandeza.
Sus piernas no trotaban, no llevaban un paso ansioso o impaciente.
A pesar de la pausa, había perfecta uniformidad y cada cuerpo marchaba firme, un roble inquebrantable de honor y orgullo.
Era verdaderamente aquel el bloque que, con solo respirar y dar el rostro a la escena, exigía toda la atención que en el campo hubiera; robar los destellos y la respiración era parte natural de su ser.
Tenían incrustado al mismo hueso, a la misma tuétano de la genética nacional, el prestigio en alto y una inamovible confianza en ellos y su lugar de nacimiento.
En particular, resaltaba, la cabeza de dicha manada, Kiara.
Ataviada en el más fino de los modernos vestidos de alta costura, y cada bamboleo era como una manta, que con delicadeza formaba una marea oscura que abrazaba de a poco el sendero y el piso de aquella enorme pista de competición.
Las costuras delineaban con exactitud el entalle de su figura; en un intento alejado de cualquier tipo de suntuosidad carnal o desbordante feminidad dulce y bofa, daba a pie, a una fiera ráfaga; la inquebrantable escarcha fría, arrollando en un manto intimidante de altivez que resplandecía para acuchillar todo.
No hubo ni asomos de esfuerzo o arreglo por parte de un peinado o arreglos minuciosos capilares.
Simplemente una aguja, la cual parecía tener madera de ébano oscura y arcaica, y que atrapaba ese cúmulo libre de rizos en caída, como para apenas amarrarlos, a sabiendas de ser un estilo desprolijo o hasta rústico.
Su tez inmaculada lucía una belleza gélida que cortaba la respiración, con facciones profundas de una belleza ancestral que cautivaba irremediablemente el ojo ajeno.
Un poco lejos del escándalo visual, las filas que marcaban presencia de Aquilinia y de Oricalco reventaron la breve pausa que el cerebro tardaba; pero sus parpadeos revelaban de manera obligatoria una avalancha de fascinación.
—Carajo, la indumentaria que lucen las personas de Solarenia son por demás impresionantes.
—La concepción que la ropa dicta lleva y sobrepasa y destila todo concepto alto y lujoso.
—¿Cómo y por qué el trazo destila aquel fulgor visual? ¿Confección pura y de telas exclusivas?
—La flor, el rasgo hilvanado en cuello y remaches, es el puro laburo hecho a pulso del artesano humano, ¿estás de acuerdo?
—El esteticismo general tiene una silueta peculiar y por desgracia suena o luce cercano al conocimiento mío, pero... carajo. ¿Aquella línea de corte no tiene la mano del sello YB o similar?
—¿La mismísima YB, sello magnate mundial a la moda, es a lo que refieres tú? ¿La delegación forastera invitó e incluyó la labor en diseños de la marca y las puntadas exclusivas elaboradas por parte del aclamado Ícaro como parte crucial del diseño?
—Pero YB siendo a fin y cabal un hijo de aquella nación le da validez inaudita al trabajo. Fue más un asunto común y patriota si vemos y unimos líneas el por qué los trajes son eso, no crees.
—Oh señor el trabajo entero me deja pasmado, la maravilla del atuendo nos dice muchísimo y no se te pierda ver lo más fuerte; en pasarela juntos su aura es inigualable y apabullantemente perfecta.
—Y es que al final, la percha en ropa es buena por esencia y material, el milagro radica que la gente junta y todo su escuadrón hacen parecer lo impensable, ¡el resultado rebasa el sentido de maravilla o excelencia en general que yo tenía pensada!
La banca exclusiva de agrupaciones explotaba de los gritos ajenos de forma incontenible, una efervescencia colmó allí.
Las trincheras llenas de la prensa no perdieron chance e incluso más en una oleada vertiginosa que desembocó pronto a un mar infernal repleto y loco sin cordura con destellos infinitos de fotógrafos locos por las capturas de aquel momento, hundiéndose enteros en furor enloquecido.

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