Faviola, al ver los ojos enrojecidos de Camila, sintió una punzada de dolor.
—Es mi culpa. No debí cargarte con mi odio.
Camila guardó silencio, se frotó las sienes y se dio la vuelta de nuevo.
—No he dormido desde anoche. Quiero descansar. Por favor, vete.
Faviola, al ver que Camila la echaba, dudó un momento y luego dijo en voz baja:
—Camila, te he buscado un pretendiente para una cita. Me gustaría que lo conocieras.
Clarisa y Benigno ya se habían reconciliado; probablemente no tardarían en casarse.
Si Camila no se casaba antes que ellos, quién sabe de qué forma se burlarían de ella.
Después de todo, todo el mundo se había enterado de su compromiso con Benigno.
Camila enarcó una ceja y se giró para mirar a Faviola.
—Mamá, este era tu verdadero propósito al venir hoy, ¿verdad?
Faviola sonrió nerviosamente, temiendo la resistencia de Camila.
—Lo hago por tu bien, no te preocupes. Esta vez, el candidato que te he encontrado es totalmente fiable. Es un oficial del ejército. Si no te gusta, no pasa nada, pasa la mayor parte del año en el cuartel y casi nunca viene a casa. Estar casada con él sería como no estarlo, y además, nadie se atrevería a meterse contigo. ¿Qué te parece?
Camila no dijo nada.
Faviola continuó en voz baja:
—Camila, ¿o acaso hay alguien que te guste? Si es así, puedes decírmelo y yo te ayudaré a…
Al oír esto, la expresión de Camila se ensombreció y la imagen de Lionel apareció en su mente.
Después de un momento, agitó la mano y dijo con indiferencia:
—No hay ningún hombre en este mundo que merezca mi afecto.
Faviola sonrió al escuchar a Camila, sacó la foto que había preparado y se la mostró.
—Entonces, mi niña, ¿qué te parece este?

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