Xalpina.
Después de arrastrar todo su equipaje adentro, Camila se dejó caer exhausta en el sofá.
Apenas se había acostado cuando sonó el timbre.
Se levantó, miró por la mirilla y vio a su madre parada frente a la puerta. Se frotó las sienes con fastidio y le abrió.
Después de abrir, volvió a tirarse en el sofá.
Faviola entró y, al ver a Camila tan desganada, frunció el ceño y dijo con voz grave:
—¿Qué pasó en Nebula? Parece que te hubieran quitado toda la energía. ¿Será que Benigno y Clarisa ya se reconciliaron?
Camila no respondió.
Faviola apretó los dientes y soltó con rabia:
—¡Sabía que Clarisa no aguantaría mucho! ¡Todo fue una actuación para que creyeras que ya no le interesaba Benigno y cayeras en su trampa!
Camila apenas había dormido en el avión la noche anterior, y escuchar a Faviola quejarse a su lado solo la irritaba más.
—Mamá, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? No me gusta Benigno. Fui yo quien no quiso casarse con él. ¿Por qué tienes que meter a Clarisa en esto?
»Si a ella le gusta, que se case con él. Así prueba un poco lo que es ser atormentada por Eustolia, como me pasó a mí.
Faviola, al ver el mal humor de Camila, frunció el ceño dispuesta a regañarla, pero al ver que se daba la vuelta en el sofá, ignorándola, contuvo un suspiro.
Recordó que, días atrás, cuando Eustolia la llamó para hablar sobre la ruptura del compromiso, se enfureció tanto que obligó a Camila a arrodillarse durante dos días frente al altar de su abuelo en la capilla familiar.

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