Mientras Violeta hablaba, su voz se fue cargando de emoción hasta que no pudo evitar levantarla. De inmediato, la gente a su alrededor volvió a mirar hacia ellas.
Irmina también notó que Violeta estaba perdiendo el control.
Frunció el ceño, mirándola, intentando tranquilizarla.
—Profe Ávila, cálmate un poco —le pidió.
Apenas terminó de hablar, los murmullos empezaron a correr entre los presentes.
—¿Profesora? ¿Encima es profesora?
—Cuando las escuché hablar, ya me parecía raro. Hoy en día, hasta las que se meten en relaciones ajenas se creen con derecho. Mira que venir a armar escándalo, más descarada que la oficial.
El pecho de Violeta subía y bajaba con fuerza, conteniendo la rabia.
Irmina se frotó las sienes con los dedos y le habló a Violeta:
—Li...
Pero no alcanzó a terminar la frase cuando Violeta, fuera de sí, agarró un pequeño adorno de la mesa y se lo lanzó encima.
—¡Me tomaste el pelo! ¡Todo este tiempo jugaste conmigo y encima te burlabas!
Violeta descargó toda la culpa sobre Irmina.
Irmina, rápida de reflejos, alcanzó a cubrirse, pero el macetero igual le hizo un corte en la mano.
Apretando los dientes por el dolor, miró a Violeta, con el ceño aún más fruncido.
Violeta parecía completamente fuera de control.
Una de las dependientas del café se acercó de inmediato para retirar cualquier objeto que pudiera causar daño; si alguien resultaba herido ahí, ellos también tendrían que responder.
El encargado del lugar llegó para intentar calmar la situación.
—Por favor, tranquilícense las dos.
Al ver la mano herida de Irmina, el encargado cambió la expresión. Alguien llamó a la policía, y la mayoría de los presentes comenzaron a reprocharle a Violeta.
Irmina se paró frente a ella y le habló, seria.
—Todas las decisiones que tomaste y tus actos, fueron solo tuyos, no tienen nada que ver conmigo.
—¿Si yo te hubiera enfrentado de una vez, habrías parado? ¿O habrías creído que te estaba retando?

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