Después de que expulsaron a Violeta del colegio, Andy anduvo desanimado por un tiempo.
Sin embargo, su vida en la escuela era tan activa y llena de cosas que, al cabo de una semana, Violeta ya casi no cruzaba por su mente.
Cuando Elián no estaba tan ocupado, solía acompañar a Irmina para llevar a Andy al colegio.
A veces también llegaba por sorpresa cuando Irmina iba por Andy a la salida, solo para darles una alegría.
Pasaron dos semanas.
Una mañana, Irmina dejó a Andy en la puerta del colegio y, justo cuando iba a marcharse, vio a Violeta a unos metros detrás de ella.
Violeta se veía agotada, sin el brillo de antes, como si la vida le hubiera dado un buen golpe.
Irmina solo le echó un vistazo y enseguida apartó la mirada.
Para ella, Violeta ya era como una desconocida más en su vida.
Pero Violeta se acercó y le bloqueó el paso, con el rostro tenso y suplicante.
—Señorita Monroy, quisiera hablar contigo a solas —le dijo.
Violeta de verdad ya no tenía más opciones, por eso había decidido buscar a Irmina.
Irmina la miró, notando lo mal que se veía, suspiró bajito, revisó la hora en el reloj y le respondió en voz baja:
—Solo tengo cinco minutos para ti.
Violeta asintió, mirándola con un agradecimiento casi desesperado.
Frente al colegio había una cafetería, así que Irmina la llevó allá.
Violeta fue detrás de Irmina y terminó sentándose justo frente a ella.
Irmina no había desayunado y, viendo que en la cafetería tenían algunos dulces perfectos para la mañana, pidió uno. Después le pasó la carta a Violeta.
—¿Quieres tomar algo?
Violeta miró la carta que tenía enfrente, sintiéndose tan avergonzada que apenas podía con eso.

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