La señora no entendía en qué momento había dicho algo que molestara tanto a Urías Cepeda.
Levantó la cabeza para mirarlo, queriendo defender un poco, pero antes de que pudiera decir palabra, Urías la miró de reojo, frío como nunca.
—Si vuelves a ayudarle a mi abuelo, mejor vete de regreso a la casa vieja.
La señora se quedó paralizada, recordando que últimamente había aceptado ayudar a Aniceto a vigilar cada paso de Urías. Bajó la mirada, sintiendo un poco de culpa.
—Perdón, señor, no volverá a pasar.
Sabía que era así.
Urías la miró sin emoción y apartó la vista.
Esa señora había estado a su lado desde que sus padres se divorciaron, cuidándolo todos estos años. Conocía su carácter, sabía perfectamente sus costumbres. Pero si ella seguía ayudando a su abuelo, no pensaba dejarla quedarse en Parque Central.
El susto por la advertencia de Urías hizo que la señora bajara la cabeza, y solo cuando él pasó por su lado, entró al pequeño estudio a organizar las cosas.
Mientras tanto, Josué Pacheco regresaba a la casa antigua de la familia Pacheco.
Aparcó el carro en el garaje, tomó una caja de cartón y se metió a la casa.
En la sala, Fabricio Pacheco estaba sentado charlando con un amigo. Al ver a Josué llegar con la caja, le hizo señas para que se acercara.
—¿Otra vez trajiste expedientes de pacientes complicados del hospital? ¿Vas a ponerte a estudiar en casa?
Fabricio, con más de setenta años, apenas se había jubilado oficialmente este año. Aun así, no dejaba de recibir invitaciones de los mejores hospitales para volver a trabajar.
Sentado a su lado estaba el director de la Facultad de Medicina Clínica de la Universidad de Nebula, que había venido a invitar a Fabricio a dar clases y guiar a los estudiantes.

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