—Gracias por el juego.
Elián colocó la ficha sobre el tablero y levantó la mirada hacia Violeta.
Desde el principio, él no le había dado ninguna ventaja.
Tampoco tenía la intención de hacerlo.
Violeta respiró hondo, movió los labios buscando algo que decir; en su cara se notaba cierta incomodidad, pero pronto se recompuso y sonrió.
—El señor Fuentes sí que es bueno en esto.
Elián no respondió a su comentario y, en cambio, se dirigió a Andy.
—Andy, ven, es tu turno.
Andy asintió enseguida.
—Listo.
Violeta no tuvo más remedio que hacerse a un lado y dejarle el puesto a Andy para que jugara con Elián.
Se sentó tranquila a un costado, aunque por dentro la invadía una molestia difícil de describir.
Durante toda la partida, Elián no le dirigió ni una sola mirada, como si ella fuera invisible. Eso le dolía mucho a Violeta.
Sabía que no había logrado dejarle una impresión fuerte a Elián.
En la universidad, Violeta había participado en varios torneos de cinco en línea. Recuerda que en el club había compañeros mayores, algunos ya trabajaban y, cuando iban de visita, siempre traían algo de comer para todos.
Todo un semestre prácticamente no gastó dinero en snacks; a veces, comía tanto en el club que ni le hacía falta comprar comida por fuera.
Por eso, en realidad, confiaba mucho en su habilidad para el juego.
Irmina, que ya había terminado de cenar, miró hacia la sala.
Violeta estaba junto a Andy, observando su partida contra Elián. De vez en cuando, su mirada se posaba en Elián, y en sus ojos se notaba cierta admiración.
Cinco partidas después, Elián dejó las fichas.
En la última, Elián había jugado a dejarse ganar.
Andy perdió las primeras cuatro y solo ganó la última. No insistió en seguir jugando: obediente, subió las escaleras para ir a lavarse y prepararse para dormir.

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