Nuriel apretó los labios con fuerza al pensar que, en el corazón de Elián, ella nunca estaría al nivel de Amalia. Esa idea le dejó en el rostro una expresión de rabia contenida.
La gente empezó a acercarse cada vez más a ellas, atraída por el escándalo.
Por suerte, los de seguridad que había traído Tirso se plantaron firme delante de ellas, evitando que la multitud curiosa se acercara demasiado.
Nuriel sabía que ese no era el momento de enfrentarse a Amalia. Respiró hondo, y no le quedó más remedio que ceder.
—Amalia, en el fondo todas hemos sufrido. ¿De verdad tienes que hacerme esto? —dijo, con la voz temblorosa—. Sé que me equivoqué. Solo quería asegurarme un futuro...
En los ojos de Amalia apareció una sonrisa fría. Sin dudarlo, le agarró el cabello a Nuriel y la obligó a mirarla de frente.
—Nuriel, de verdad que tu memoria sí es corta. ¿Ya se te olvidó que nunca fui yo la que te buscó problemas? Fuiste tú la que me puso las cosas difíciles.
El rostro de Nuriel se tensó por un segundo.
Sabía muy bien que había intentado dejar mal a Amalia frente a Samuel.
Ella fue la primera en darse cuenta de que Amalia y Elián estaban fingiendo.
Y fue idea suya que Samuel usara a la familia Duque para presionar a Amalia y obligarla a decir la verdad.
Apretó más los labios, resignada, sin poder decir nada.
Alrededor, algunos de los curiosos ya empezaban a reconocerla.
Sus caras se iluminaban de emoción mientras la miraban y trataban de compararla con fotos en sus celulares.
Nuriel respiró hondo, escuchando los comentarios de la gente, y en sus ojos apareció un rastro de miedo.
No le quedó más remedio que aferrarse a Amalia como única salida.
—Te lo juro, te entrego todas las pruebas. Pero por favor, ayúdame. Sácame de aquí. Llévame lejos.
El pánico de Nuriel era genuino, sobre todo al notar que algunos intentaban pasar por encima de los de seguridad de Tirso para atraparla.
Amalia la miró con frialdad, soltó su cabello y le indicó que subiera al carro.

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