Nuriel estaba convencida de que Elián jamás permitiría que algo le pasara en Cintago.
Después de todo, todo esto era cosa de Samuel. Ella solo se había dejado arrastrar por miedo a él y, además, tenía en sus manos un montón de pruebas. Elián seguro no iba a dejar que le ocurriera nada.
Amalia escuchaba a Nuriel y frunció el ceño, una chispa burlona le brilló en los ojos. Con un solo movimiento, la jaló con fuerza y la hizo bajar del carro.
Nuriel cayó sentada en la tierra, pero no se atrevía a levantar la cabeza para mirar a Amalia.
Sabía que si levantaba la mirada, alguien la iba a reconocer de inmediato.
Nuriel tenía claro que si en ese momento Tirso y los demás la dejaban sola, terminaría en manos de esa gente.
Onofre ya estaba muerto, su papá también había tenido problemas.
Samuel claramente quería borrar a todos de la foto.
No podía, bajo ningún motivo, caer en sus manos.
La Nuriel que hacía un momento se mostraba tan dura dentro del carro, en ese instante se aferró a la pierna de Amalia, suplicando.
—Señorita Duque, ya entendí que estuve mal, perdón, no debí ocultarles nada.
—Lo que pasa es que las otras pruebas no las tengo aquí, las escondí en la casa de un campesino. Si me llevas allá, te las entrego de una vez.
Desde arriba, Amalia la miraba con una sonrisa sarcástica en los labios, viendo cómo Nuriel agachaba la cabeza y trataba de ocultarse.
—¿Y tú crees que yo puedo confiar en todo lo que dices?
Nuriel apretó los dientes en silencio; ya no tenía otra opción que rogarle a Amalia que le creyera.
—De verdad, aprendí la lección. No quise ocultarles nada. Si me ayudan a volver al país, les puedo entregar todas las pruebas, completicas.
—Elián me dijo que ustedes me iban a sacar de aquí.
Amalia soltó una risa fría.
—¿De verdad Elián te dijo eso?

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