—Te voy a dar un número, vas a buscar a Tirso Cepeda. Queremos ver si esas pruebas que tienes en la mano son tan útiles como dices.
La voz grave de Elián retumbó por el auricular.
Irmina, por supuesto, sabía que Tirso estaba en Cintago. De hecho, había sido ella misma quien le había enviado allá. Ahora Elián le pedía a Nuriel que fuera a buscar a Tirso, lo que por un lado también aseguraba la seguridad de Nuriel.
Irmina tenía clarísimo por qué Onofre y los demás habían mandado a Andy a Cintago en su momento. Nuriel jamás iba a dejar pasar a Andy, así que desde el principio Irmina tampoco pensó dejar ir a Nuriel.
Ella le lanzó una mirada seria a Elián, apretó los labios en silencio y, al final, no dijo nada.
Sabía muy bien que si Nuriel volvía al país, ella y Elián tomarían caminos distintos. Ese era su límite.
Al otro lado, en cuanto Nuriel escuchó la voz de Elián, se notó la emoción en su tono.
—¿Elián? ¿Eres tú? ¿Estás bien?
Nuriel comenzó a sollozar en voz baja.
—Nunca quise hacerle daño a Andy, pero por el lado de tu papá no tuve opción y me tocó colaborar, por eso todo llegó a este punto. La idea era que, cuando Andy estuviera conmigo, te iba a llamar para que vinieras por él. Pero todo se complicó y salieron cosas que no esperaba.
Aún así, Nuriel no quería que Elián la viera como una mala persona, y sentía la necesidad de justificar sus actos.
—Cuando supe que te habían herido me asusté muchísimo, pero la gente de don Fuentes no ha dejado de buscarme. Temía que si algo me pasaba, la verdad nunca saldría a la luz, así que...
Antes de que pudiera terminar, Elián le colgó de golpe. No quería seguir escuchando sus excusas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Hasta Nunca, Bastardo del Amor!