En el rostro de Benigno ya se notaba cierta molestia.
Desde que entró y no vio a Clarisa, una inquietud empezó a crecerle por dentro.
Había logrado convencer a sus padres de aceptar a Clarisa, quería que por fin le dieran la oportunidad de cumplir ese deseo que cargaba desde hacía años.
Sus padres finalmente habían dado el visto bueno.
Jamás pensó que, a última hora, Clarisa se echaría para atrás y lo dejaría solo frente a semejante situación.
Rufo, en cambio, mantenía una expresión tranquila. Miraba a Benigno, que apenas podía ocultar su enfado, pero él ni se inmutó, solo habló con calma.
—Mi opinión es la misma que la de Clarisa. ¿Acaso, señor Duarte, no está conforme con la decisión que tomó nuestra familia Azul?
El señor Duarte, que conocía bien el carácter de su hijo, temía que Benigno y Rufo terminaran en una discusión y eso arruinara para siempre la relación entre los Azul y los Duarte. Frunció el ceño y le habló a Benigno con seriedad.
—Benigno, cuida tu actitud cuando hables con los mayores.
En cambio, la señora Duarte casi que quería que Benigno se peleara de una vez por todas con Rufo.
Para ella, lo mejor sería que ambas familias dejaran de tener cualquier tipo de relación.
Aunque en apariencia había aceptado que Benigno se casara con Clarisa, en el fondo Clarisa nunca le cayó bien.
De hecho, los problemas entre ella y Clarisa venían de tiempo atrás.
Si Clarisa de verdad terminaba casándose con Benigno, estaba segura de que en el futuro, cuando envejeciera, Clarisa no la iba a cuidar ni respetar.
Pensando en su propia tranquilidad para los años que le quedaban, la señora Duarte prefería que Benigno se casara con alguien con quien nunca hubiera tenido problemas.
Benigno respiró hondo. Sabía que Clarisa había crecido junto a Rufo y que ella lo respetaba mucho.
Por el bien de ambos, no podía darse el lujo de enemistarse con Rufo.
Así que, controlando sus emociones, contestó con calma:
—Señor Azul, igual quisiera hablar con Clarisa personalmente.

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