Clarisa negó con la cabeza y le respondió sin rodeos.
—No puedo.
Benigno frunció el ceño, mirándola serio, con la confusión pintada en el rostro.
—Sí puedes. Antes no sabía que los problemas entre nosotros venían de algo que hizo mi mamá, pero ahora estoy completamente de tu lado.
Clarisa apretó los labios y contestó con voz tranquila.
—De momento puede ser, pero ¿y en diez o veinte años? Cuando tus papás sean mayores y necesiten de tu apoyo, ¿vas a poder seguir eligiéndome a mí?
Benigno volvió a fruncir el ceño.
—Si después de diez o veinte años sigo sin poder lograr que te lleves bien con mis papás, entonces yo, Benigno, no valgo la pena.
Clarisa bajó la mirada, hablando muy suave.
—Entonces primero arregla las cosas entre tus papás y yo, y luego hablamos de si volvemos a estar juntos.
Dicho esto, Clarisa fue a sentarse al sofá, se frotó las sienes y en su mirada se notaba el cansancio.
—Vete, por favor. Quiero descansar un rato.
Benigno, al verla tan pálida, sintió una punzada de preocupación y suavizó el tono.
—Descansa. Yo me encargo de esto. No voy a dejar que nada de esto te afecte.
Clarisa no respondió, solo cerró los ojos.
Desde que el señor Duarte y la señora Duarte irrumpieron en su vida, ya nada era igual.
Al ver que Clarisa no quería hablar más, Benigno se dio la vuelta y se fue.
La sala quedó en silencio.
Clarisa seguía sentada en el sofá, frotándose la frente, con la mente hecha un lío.
No tardó en sonar el teléfono: era Rufo.
—Clarisa.

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