La señora Duarte, antes de irse, le lanzó a Clarisa una mirada tan dura que hasta se podía sentir el veneno en sus ojos.
—En esta vida, jamás vas a pasar la puerta de la familia Duarte —escupió, llena de odio.
Clarisa se mantuvo tranquila, de pie junto a Benigno, como si ni siquiera hubiera escuchado esas palabras. No mostró la menor reacción.
La señora Duarte, fuera de sí, salió de allí a grandes zancadas.
Apenas ella se fue, los guardias de seguridad la siguieron, y el lugar se sintió mucho más amplio.
Camila miró a Benigno y a Clarisa antes de hablar, con voz calmada:
—Creo que ya no pinto nada aquí.
—Me voy. Cuando el tío llegue mañana a Nebula, nos vemos.
Dicho esto, Camila se marchó sin mirar atrás.
Irmina tampoco había podido ayudar mucho, y además Elián seguía herido.
Benigno y Clarisa, por su parte, seguramente tenían muchas cosas pendientes por hablar.
Irmina estaba a punto de decirle a Clarisa que también se iba, pero Clarisa se le adelantó y la miró antes de hablar:
—Irmina, vete tranquila.
Irmina asintió.
—Bueno, entonces me adelanto. Tú y Benigno hablen bien las cosas.
Clarisa asintió.
Cuando Irmina y Elián salieron, la habitación quedó en completo silencio.
La herida en la frente de Benigno ya había dejado de sangrar.
Clarisa le echó una mirada a la herida, sabiendo perfectamente que él se la había hecho para demostrarle que estaba dispuesto a enfrentarse a sus padres por ella.
Antes, Clarisa había soñado con que Benigno se atreviera a estar de su lado sin pensarlo. Pero ahora que él realmente lo hacía, la presión que sentía era abrumadora, como nunca antes.

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