Irmina ayudó a Andy a repasar las tareas del día, y luego le revolvió el cabello con cariño mientras le hablaba en voz baja.
—Mamá tiene que ir un rato al hospital por un asunto, ¿está bien si hoy descansas temprano?
Andy sabía que Irmina andaba muy ocupada últimamente. Al escucharla, asintió obediente y no olvidó hacerle una recomendación:
—Mamá, no trabajes tanto, acuérdate de descansar.
Irmina le sonrió suavemente, con una voz llena de ternura.
—Lo sé, corazón.
—Si me canso, me recuesto un rato en la camilla del hospital. Ya sabes, en mi oficina tengo una de repuesto.
Andy volvió a asentir con seguridad:
—Claro que sé, esa la compré yo para ti.
Irmina rio y, después de despedirse, salió de la casa.
Su salida fue igual que siempre, rodeada de un grupo de seguridad que la acompañaba a toda parte.
Ya en el carro, sacó el celular y abrió la aplicación de cámaras de vigilancia.
Tal como esperaba, apenas su coche salió, una luz tenue y borrosa apareció en la loma cercana.
Sin duda era la señal: desde ese punto, alguien avisaba a sus cómplices que ya había salido.
Irmina soltó una sonrisa fría y guardó el celular.
Sabía que ese camión venía por ella; el primer ataque iría directamente en su contra.

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