Tirso observó la expresión distante de Lola, sonrió y, con un gesto de invitación, le indicó que Lola entrara primero a la habitación de Amalia. Sin embargo, ella respondió con el mismo gesto, su actitud era de sumisión: "Por favor, usted primero".
Al ver esto, Tirso sonrió suavemente. Conocía bien ese carácter; sabía que, si él no entraba primero, ella esperaría en la puerta hasta que él lo hiciera. Lola tenía una obediencia absoluta, tanto hacia Elián como hacia los amigos de él, siempre que no se tratara de peticiones o acciones excesivas, podía colocarse a sí misma en un plano servicial.
Lo que Tirso necesitaba a su lado era precisamente alguien con esa obediencia incondicional y por eso, había intentado en varias ocasiones convencer a Lola para que trabajara con él. Pero ella nunca había considerado la posibilidad de unirse a su equipo.
Al entrar en la habitación, él vio a Amalia acostada de lado en la cama, con una mano en la cabeza, mostrando una expresión de dolor; se acercó a su cama y tocó el borde.
Al verlo, Amalia intentó sonreír, aunque con gran esfuerzo; su cuerpo estaba en agonía. Justo como había dicho Irmina, aunque no había sufrido heridas graves, el dolor causado por las lesiones en los tejidos blandos era torturante.
Al ver la mirada dolorida de Amalia, Tirso frunció el ceño y comentó: "¿Cómo es que apenas regresas al país y ya te encuentras en este estado?", dicho eso, se sentó en una de las sillas de la habitación.
Además del dolor físico, Amalia se sentía injustamente acusada por Elián. Ver a Tirso, un viejo amigo, la hizo contener las lágrimas: "Si te dijera que terminé así por hacer lo correcto, ¿pensarías que mi carácter se ha elevado?".

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