Tras escuchar su solemne promesa, Cordelia accedió a permanecer en la familia Yáñez para esperarlo.
Cuando los tres se marcharon, Rogelio habló indignado.
—Doctor Luna, Ricardo y Lidia están en verdad ciegos al no reconocer su valía. Seguro se arrepentirán de sus actos en el futuro.
Emir le dirigió una mirada significativa y dijo:
—¿Por qué percibo un deje de placer en su voz?
—No, doctor Luna. No me malinterprete...
—Suficiente, no hay necesidad de explicaciones. Para ser honesto, en verdad no me agradan.
Rogelio se alegró aún más de estas palabras y aprovechó para decir:
—Ellos se lo pierden… Por cierto, doctor Luna, ¿tiene tiempo ahora? Quiero presentarle a alguien.
—¿Quién es?
—Carlos Yepes, el gobernador del Estado. Es mi compañero de universidad, ¡y está sentado en mi casa ahora mismo!
Antes, al enterarse de la situación de Emir, Rogelio corrió de inmediato a la residencia de los Montelongo y pidió ayuda a su buen amigo Carlos.
Aunque Irvin era un artista marcial, aun así, tenía que mostrar cierto respeto al gobernador del estado. Después de todo, por encima de las instituciones estatales, la Alianza Central Cananea de Artes Marciales vigilaba a estos artistas marciales. Por supuesto, no se atrevían a sobrepasar sus límites.
Este era el plan de reserva de Rogelio.
Tras confirmar que Emir estaba ileso, Rogelio llamó a Carlos para informarle de que el asunto se había resuelto. Este último cambió su ruta, saltándose la visita a la familia Montelongo y dirigiéndose directo a la residencia Barajas, a la espera del regreso de Rogelio.
«El gobernador del Estado, ¿eh?».
Después de pensarlo un poco, Emir dijo:
—No tengo nada importante que hacer ahora, así que podría acompañarlos a la residencia de los Barajas.
—¡De acuerdo entonces!
Los tres regresaron con rapidez a la residencia de los Barajas.
Carlos, un hombre de rostro severo y erguido, estaba sentado solo en el salón, sorbiendo su café.
No se trataba de que Carlos asumiera el papel de anfitrión, sino de su estrecha amistad con Rogelio. Habían sido compañeros de clase desde la secundaria hasta la universidad, manteniendo un fuerte vínculo.
Al ver que Carlos iba a seguir hablando, Rogelio se apresuró a toser dos veces para interrumpirlo.
Los ojos de Carlos parpadearon y respondió con una carcajada:
—Ah, ya veo, ya veo. Te preocupa que Jacqueline se sienta tímida, ¿verdad? Jacqueline, no deberías estarlo. No hay nada de qué avergonzarse. Después de todo, vas a ser de la familia en el futuro.
—¡Señor Yepes! —Jacqueline fulminó con la mirada a Carlos, apretando los dientes mientras decía—: No escuche las tonterías de mi padre. No pasa nada entre el doctor Luna y yo.
Cuando terminó de hablar, se sonrojó y corrió a su habitación. Al pasar junto a Rogelio, no olvidó pisarle el pie.
—Um...
Carlos tenía una expresión de desconcierto en el rostro.
Rogelio soltó una carcajada incómoda y dijo:
—Esta chica es cada vez más irrazonable, igual que su hermano. Carlitos, deja que te presente. Este es el doctor Luna, el que curó mi enfermedad la última vez.
—¡Así que es el doctor Luna que mencionaste!

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