Media hora después, el grupo de juniors salió del club por el pasillo VIP entre risas y empujones.
—¡Te pasaste de lanza, Juan! Se nota que estuviste entrenando estas vacaciones. Ese saque estuvo perrísimo, al idiota de Lucas se le puso la cara blanca del susto.
—¡Jajaja, obvio! El saque de Juan va más rápido que una bala, ¿no vieron cómo al final el muy imbécil hasta soltó la raqueta?
—Tenía que ser nuestro compa Juan. Sergio Torres vio cómo hacían pedazos a su amigo y no tuvo los huevos para decir ni pío.
Juan ya estaba acostumbrado a ese tipo de halagos, así que solo sonrió por cortesía, sin molestarse en darles cuerda.
Justo en ese momento le sonó el celular en el pantalón. Le aventó la raqueta al chico con cara de niño y, al sacar el teléfono, su expresión cambió. Les hizo una señal a sus amigos con la mirada, y todos se callaron al instante.
—Papá.
Hubo un silencio del otro lado de la línea.
No se escuchó qué le dijeron, pero Juan puso cara de fastidio.
—No voy a ir, ya deja de meterte en mi vida.
El silencio regresó.
Juan cambió de expresión y su tono se volvió mucho más relajado.
—¿Y yo qué gano?
Tras unos segundos de silencio, la oferta debió convencerlo, porque soltó un murmullo de afirmación y colgó la llamada.
El chico de cara de niño notó que Juan no traía buena cara y preguntó con cautela:
—¿Qué pasó? ¿Te volviste a pelear con tu jefe?
Juan negó con la cabeza, frunciendo el ceño hasta casi hacerse un nudo.
—Ya se me arruinaron las vacaciones. Me tengo que ir a Villa Castillo.
No era para menos. En la República de Valdoria, Villa Castillo tenía un peso comparable al del Palacio Nacional en Brisanda: era la máxima representación del poder.
Su amigo se quedó pasmado, luego suspiró y negó con la cabeza.
—Híjole, Juan... entonces mejor no nos hablemos en todas las vacaciones. No quiero que tu abuelo me meta en su lista negra.
Juan se quedó sin palabras ante su comentario.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA