Renato puso una expresión grave y murmuró para sí mismo:
—¿El Archivo Cuarenta y Nueve?
Al igual que los demás, Renato no dudó de Yolanda. Era solo una niña, no podía inventarse una mentira así. Por lo tanto, seguro que a Alejandro y a su padre se les había soltado la lengua.
***
Al mismo tiempo, en el Club Marín.
Un grupo de jóvenes caminaba bromeando, abrazados por los hombros. Los meseros y los recoge-pelotas se apartaban desde lejos, temerosos de cruzarse en el camino de aquel grupo de juniors.
El que más llamaba la atención del grupo era el chico que iba en el centro. Era alto, llevaba el cabello corto y desordenado, y en la oreja izquierda lucía un diamante rojo brillante.
El joven caminaba despreocupado con la mirada clavada en su celular, pero casi todos los demás se esforzaban por mantener su mismo ritmo.
—Juan —lo llamó el chico con cara de niño a su lado, dándole un codazo.
Juan levantó la vista, revelando un rostro sumamente atractivo. Su mirada aguda y desafiante le daba un aire rebelde e indomable, con un toque burlón y calculador.
El chico de la cara de niño señaló hacia la cancha de cristal que estaba a pocos metros.
—Mira allá.
Juan Castillo levantó una ceja y en su mirada apareció un destello de curiosidad.
—Vamos a ver.
Dentro de la cancha.
Lucas Mendoza le estaba enseñando a una chica cómo agarrar la raqueta. Ella claramente se resistía, pero no podía zafarse de él. Tras un par de jaloneos, Lucas se volvió más atrevido; le puso la mano en la cadera y la empujó hacia adelante, fingiendo total seriedad.
—¡Eso! ¡Así mero! ¡Mueve la cadera!
Había varios mirones alrededor que, ignorando la expresión de la chica que estaba a punto de llorar, no paraban de echar porras y chiflar.
Uno de los chavos, vestido con ropa de diseñador, agarró una botella de agua vacía y se la aventó a Lucas.
—¡Ya que andas de acomedido, enséñanos a nosotros también, cabrón!
Lucas se rio y lo insultó.
—¡Vete al diablo, no estés jodiendo!
La chica, que seguía acorralada, ya no pudo aguantar el coraje y empujó a Lucas.
—Gracias, pero... ya no quiero aprender.
A Lucas se le endureció el rostro al instante. Los que estaban chiflando se rieron con más ganas al ver su reacción.
La chava se asustó; no sabía qué hacer y, por instinto, intentó salir corriendo.
Lucas la agarró del brazo y la jaló hacia él a la fuerza, con una mirada amenazante.

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