Entrar Via

ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 86

En pleno verano de julio, lo más ruidoso no era el canto de las cigarras, sino los gritos desgarradores de Alejandro.

En la alta sociedad no hay secretos. Pocas horas después, todas las familias poderosas de Bahía Rosada se enteraron de que el patriarca de los Castillo había mandado a romperle las piernas al hijo menor de los Torres. Ni siquiera la dentadura postiza del viejo Mateo Torres se había salvado.

En la ladera de la montaña, Villa Rivas.

El lugar lucía un aire retro y majestuoso al estilo americano del siglo XIX. Del techo abovedado del salón principal colgaba un candelabro de cristal y bordes dorados de casi tres metros.

Nicolás Rivas llevaba un chaleco de corte occidental y sostenía una taza de café humeante.

—Ese viejo cabrón de Mateo no escarmienta. ¿Qué necesidad tenía de ir a meterse con los Castillo? Andrés ha estado muy tranquilo y espiritual desde que murió su hijo, hasta yo lo trato con pinzas. ¿Y los Torres se atreven a provocarlo? Qué manera de cagarla a su edad. Si yo hiciera un oso así, mejor me meto de una vez al ataúd.

El patriarca de los Rivas llevaba el cabello cano peinado hacia atrás con fijador, unos lentes de armazón dorado y lucía lleno de energía. Con su estilo de dinero viejo inglés, hasta para soltar insultos lo hacía con calma, destilando la arrogancia de la vieja aristocracia.

El mayordomo sonrió levemente. Ya estaba tan acostumbrado a la lengua venenosa de su patrón que ni un temblor lo haría pestañear.

Nicolás se recargó en el sofá y cruzó la pierna. —¿Y qué hizo Mateo después de regresar?

—El señor Torres mandó llamar a los mejores ortopedistas de Santa Mónica a su residencia —respondió el mayordomo.

Nicolás negó con la cabeza, con expresión de desdén. —Pura pérdida de tiempo. Si Andrés manda a romper unas piernas, las rompe bien. —De pronto, se animó—. ¡A ver! Márcale a Andrés, vamos a invitarlo a salir.

El mayordomo se quedó sin palabras.

¿Acaso el viejo quería echarle más leña al fuego?

Aun así, obedeció. Sacó su celular, tecleó rápidamente un número y se lo entregó con ambas manos.

Al conectar la llamada, don Nicolás adoptó un tono relajado y familiar. —¡Bueno! ¿Qué pasó, Castillo? ¿Nos echamos una partida de ajedrez esta noche o qué?

—Señor Rivas, soy Ernesto.

Nicolás ya se imaginaba que Andrés no contestaría, pero fingió sorpresa. —¿Y tú qué haces contestando? ¿Dónde está tu patrón?

—Una disculpa, el señor Andrés no puede atender el teléfono en este momento.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA