Una vez que los tres jóvenes Castillo salieron del salón, las enormes puertas de madera se cerraron a sus espaldas.
Andrés se apoyó en su bastón y volvió a sentarse con suma parsimonia.
A Alejandro le sudaban las manos a cántaros. Miró a Valentina, y luego a Andrés. —Oiga, don Andrés... estamos en una sociedad civilizada, con leyes. No vaya a cometer una locura.
Andrés soltó una risita seca. —Deberías dar gracias a Dios de que los tiempos hayan cambiado. —Dicho esto, el anciano levantó la vista hacia el matón—. Rómpanle una pierna.
La sangre se les heló.
—¡No! ¡Papá! ¡Ayúdame! ¡Por favor!
Mateo jamás imaginó que Andrés fuera capaz de llegar a esos extremos. Lo señaló con el dedo, furibundo. —¡No t'atrevas! ¡Los Torres te van a...!
Sin sus dientes postizos, al pobre viejo ni se le entendía lo que gritaba.
El matón frunció el ceño. Agarró a Alejandro por el cuello de la camisa como si fuera un muñeco de trapo y lo aventó al piso. —Señor, ¿cuál pierna le rompo?
—La que caiga —respondió Andrés, sin inmutarse.
El grandulón asintió y sacó un tubo de acero macizo que llevaba escondido en la espalda.
Alejandro se puso pálido como un muerto. A gatas, se arrastró hacia Valentina. —¡Valentina! ¡Ayúdame! ¡Te lo ruego, dile a tu papá que se detenga! ¡Por favor!
Valentina se hizo a un lado con una mueca de asco. Los Torres eran una de las familias más ricas e influyentes de Bahía Rosada, y Alejandro siempre se había jactado de ser un hombre de mundo, de la alta sociedad. Nunca imaginó que fuera tan poco hombre a la hora de la verdad. ¡Qué ciega había estado al casarse con él!
Lleno de desesperación, Alejandro se arrastró hacia Andrés, humillándose por completo. —¡Don Andrés, perdóneme! Fui un imbécil con Valentina, traicioné su confianza. ¡Tenga piedad de mí! ¡Se lo suplico por lo que más quiera! ¡Por Carmen! —A Alejandro se le iluminaron los ojos al pensar en una salida—. Don Andrés, ¡soy el padre de Carmen!
Andrés lo fulminó con la mirada. —Le desgraciaste la vida a mi hija y usaste a mi nieta como tu peón. ¿De verdad crees que si no fueras el padre biológico de Carmen, las leyes de la República de Valdoria te habrían salvado de algo peor?
Mateo se llevó la mano al pecho, a punto de darle un infarto. —¡No te atrevas!
Andrés simplemente hizo un ademán con la mano.
—¡¡¡AAAAHHH!!!

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