—¿Se refiere a los Castillo? —reaccionó Alejandro de inmediato.
Mateo Torres suspiró y jugueteó con su pipa.
—Parece que, por ahora, no podemos meterle mano a la familia Castillo. Perdimos esta ronda. Mañana vas a ir a Villa Castillo y vas a traer de vuelta a tu mujer y a tu hija.
—¡Pero, papá! —Alejandro se quedó pasmado—. Esto apenas empieza. A Daniel solo lo están acusando, no tienen pruebas. ¿No te estás rindiendo muy rápido?
Mateo frunció el ceño, frustrado por la incompetencia de su hijo.
—¡Si usaras la cabeza para los negocios en lugar de andar de mujeriego, yo no tendría que seguir rompiéndome el lomo a mi edad! ¡Usa el cerebro! ¿Quién te crees que es Andrés? Si se atrevió a actuar en aguas internacionales, es porque ese barco escondía algo malo. Hace unos meses, Daniel vino a visitarme y me regaló una antigüedad de porcelana finísima. ¿Tienes idea de dónde salen esas cosas?
Alejandro no se atrevió a decir ni pío.
—¡Son tesoros invaluables, pero de procedencia ilícita! —continuó Mateo—. El barco que zarpó esa noche iba lleno del dinero sucio que Daniel aceptó como soborno. Le vendió los terrenos de Colina Dorada a Brisanda para construcciones militares, pero al público le vendió el cuento de que era «apoyo militar». Ahora que hundieron y confiscaron el barco, ¿de verdad crees que Andrés no tiene las pruebas en la mano?
Alejandro casi se infarta del susto.
—E-entonces... ¿qué hacemos? Papá, nosotros recibimos una tajada de Daniel, y fuiste tú el que movió los hilos para lo de Colina Dorada. Si Daniel cae, nosotros también nos vamos a hundir. ¿Cómo es que el viejo de los Castillo tiene tanto poder? Llevamos muchísimo tiempo planeando esto y nos descubrió en un segundo.

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