Mientras más la veía, más coraje le daba.
«¡Qué poca dignidad! ¡Qué convenenciera!», maldijo para sus adentros.
Sentía una incomodidad extraña; en ese momento, prefería que Yolanda fuera a pelearse con ella en lugar de ignorarla como si no existiera.
La luz de la luna iluminó el arroyo, marcando el fin de aquella noche de campamento para fortalecer lazos.
Andrés acompañó a Yolanda de regreso a su villa, Ernesto escoltó a Carmen, y Víctor volvió solo a su habitación.
Apenas entró a la casa, Emilio Carrasco lo recibió con una sonrisa.
—Joven Víctor, en la cocina le preparamos una crema caliente.
Víctor detuvo sus pasos, levantó la mirada y lo observó con disimulo.
Emilio notó su duda y se apresuró a explicar:
—Antes de que regresara, Ernesto nos llamó para avisarnos que quizás no había cenado bien, así que nos pidió que le preparáramos algo ligero y fácil de digerir.
La expresión de Víctor se suavizó.
—Muchas gracias por la molestia. Primero me voy a bañar, tráemela a mi cuarto en un rato.
Emilio asintió.
Víctor se fue directo a su cuarto.
En cuanto cruzó la puerta, el celular en su bolsillo empezó a vibrar.
Con el rostro inexpresivo, como si no lo hubiera escuchado, se metió al baño.
—¿Víctor?
Al poco tiempo, Emilio apareció en la puerta con la crema.
Iba a tocar, pero se dio cuenta de que no estaba cerrada con seguro.
Empujó la puerta y volvió a llamarlo:
—¿Víctor?
No hubo respuesta.
En ese momento, se escuchó el ruido de la regadera.
Emilio dudó un instante, entró a la habitación, dejó el tazón en la mesita de noche y se retiró.
Poco después, Víctor salió del baño con una toalla negra atada a la cintura.
Tenía la piel pálida y una complexión juvenil, no muy robusta, pero con un cuerpo bien definido y ágil.
El celular volvió a vibrar sobre la mesa.
Víctor bajó la mirada y agarró el teléfono.
La pantalla mostraba un número desconocido sin registrar.
Lo miró con frialdad y deslizó el dedo para contestar.
—Papá.
La voz del hombre al otro lado de la línea sonaba sumamente distante.

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