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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 61

La noche estaba estrellada y la luz de la luna bañaba el puente de madera como si fuera escarcha.

El arroyo reflejaba la fogata en la orilla, y la brisa de la noche de verano soplaba desde las montañas a lo lejos, trayendo consigo ese olor a hierba fresca tan característico de la temporada.

Los langostinos que Víctor preparó en la parrilla estaban frescos y deliciosos.

A Yolanda y a Carmen les tocó a cada una una pinza más grande que sus propias caras.

Al principio, Carmen hacía berrinche y se negaba a comer, pero al final no pudo resistir la tentación y agarró los cubiertos.

Para evitar que se burlaran de ella, señaló la pinza con aire de importancia y se justificó.

—Yo encontré este langostino, así que el mayor mérito es mío.

Andrés soltó una carcajada y le alborotó el cabello a Carmen.

—Ya lo vi. Saltaste a ese charco de lodo sin pensarlo dos veces. Tienes mucho valor.

—Por supuesto —dijo Carmen, levantando la barbilla, aunque sus ojos se desviaron de reojo hacia Yolanda.

En ese momento, Yolanda estaba recostada en una silla de jardín con su plato, mirando la noche, perdida en sus pensamientos.

Si no lo estuviera viviendo ella misma, nadie creería que una noche tan hermosa no era más que el escenario de una historia ya escrita.

«¿Entonces todos aquí están atrapados en un destino ya trazado?».

—Ay, esta maldita soledad —suspiró con pesadez, extendiendo el plato hacia un lado—. Víctor, pélame más langostinos.

Víctor se quedó sin palabras.

Miró la montaña de cáscaras a un lado y le entregó un plato con carne recién pelada.

—Come menos, te va a caer mal.

Ya era el quinto plato.

En toda su vida no había pelado tantos langostinos.

Yolanda levantó la vista y lo miró con expresión inocente; se acercó el plato a la boca y se los fue comiendo uno por uno.

En menos de un minuto, se había acabado todo.

«Mmm, los langostinos en verano son una delicia».

Víctor no supo qué decir.

—Yolanda —la llamó Andrés.

Él también se había dado cuenta de que lo estaba molestando a propósito y le lanzó una mirada de reproche.

Yolanda bajó el plato en silencio, agarró una servilleta y se limpió la boca.

—Ya me llené.

Víctor asintió y se dio la vuelta para limpiar las cáscaras de la mesa.

Andrés observó la escena y le hizo una seña a Ernesto.

El mayordomo entendió de inmediato y se acercó para quitarle el trabajo a Víctor.

—Joven Víctor, déjeme hacerlo a mí.

Víctor asintió y volvió a sentarse en silencio a la mesa.

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