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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 58

Yolanda arrugó la nariz.

—No inventes, ni loca me meto ahí, está asqueroso.

Aunque no quería darle la razón a Víctor, la idea de Carmen era una reverenda estupidez y no pensaba seguirle la corriente a ciegas.

—Ese lodo se ve distinto al del resto de la orilla, acaba de ser removido. Es mejor no acercarse —advirtió Víctor.

—¿Tú qué vas a saber? En el lodo es donde más se esconden. —Carmen ignoró por completo la advertencia y se metió al agua directo hacia el lodazal.

Viendo que no iba a entrar en razón, Víctor no insistió y caminó hacia la zona con más vegetación río arriba. Yolanda miró a uno y a otro, decidió no irse con ninguno de los dos y mejor se buscó un árbol grande para sentarse en la sombra.

Ni a favor ni en contra. Si Víctor pescaba algo, ella comería pescado; si Carmen atrapaba camarones, comería camarones. En resumen, pensaba dejarles el esfuerzo a los demás.

Ni siquiera habían empezado y ya los tres se habían separado por no ponerse de acuerdo.

El abuelo, recostado en la plataforma, no perdió detalle de lo que hacían, pero tampoco intervino. Les echó una mirada rápida y volvió a cerrar los ojos para descansar.

—¡¡Aaaah!! —De pronto, un grito agudo de Carmen rompió el silencio.

A Yolanda casi se le revienta el tímpano; se levantó de un salto.

—¡Atrapé algo enorme! ¡Lo estoy tocando, está grandísimo! —Carmen ya había botado la red por ahí y estaba escarbando en el lodo con cara de loca—. ¡Yolanda, ven rápido! Está enorme, no puedo sacarlo yo sola.

Yolanda se remangó los pantalones y justo cuando iba a meterse para ayudarla, una caña de pescar se interpuso en su camino.

—¿Desde cuándo hay camarones más gruesos que un rábano metidos en el lodo? —preguntó Víctor.

Yolanda se quedó sin palabras y miró las piernas de Carmen. ¡Ay, cabrón! ¿Desde cuándo Víctor era tan sarcástico?

—¡Yolanda! ¡Ya ven, apúrate! ¡Es de verdad, está gigante! Si me ayudas te doy la mitad del crédito —gritaba Carmen a todo pulmón, con la cara llena de fango y una enorme sonrisa hacia Yolanda.

«Uy, qué ofertón», pensó Yolanda.

¿Es que esa tonta no se daba cuenta de que hacía puras tonterías?

Yolanda se frotó la frente con resignación. Ni modo, a la familia no se le elige por más mensa que sea. Le arrebató la caña de pescar a Víctor, caminó por el agua hasta llegar al borde del lodo y, con cara de asco, le extendió la punta de la caña.

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