Yolanda se puso a hacer memoria, pero aparte de las próximas elecciones presidenciales, no recordaba que fuera a pasar nada fuera de lo común.
Asintió obedientemente, sin quitarle los ojos de encima a Andrés, pensativa.
Andrés la miró divertido.
—¿Qué pasa? Te la has pasado mirándome toda la noche.
Yolanda negó con la cabeza y le dio una gran mordida a su albóndiga. De pronto, recordó algo y se llenó de indignación.
—¡Abuelo! Hoy Víctor vino al jardín y se llevó tu planta favorita. Le dije que no la agarrara, ¡y me insultó!
—¿Ah, sí? ¿Ese muchacho tan tranquilo también sabe insultar? —Andrés se mostró intrigado—. ¿Qué te dijo?
«¡Lo sabía! Víctor lo tiene engañado», pensó ella. Si él era tranquilo, entonces no había gente de buen carácter en el mundo.
—Me dijo que me pusiera a estudiar —soltó Yolanda. ¡No, espera! Eso no sonaba tan grave. Rápidamente agregó—: ¡Básicamente me quiso decir que no tengo cerebro!
Andrés soltó una carcajada, y toda la tensión del día se esfumó por completo.
—¿Pues qué de malo tiene que te diga eso? Suena bastante razonable —bromeó el anciano.
Yolanda lo fulminó con la mirada.
—¡Abuelo!
Andrés la miró de reojo.
—Hablando de estudiar, hoy llamó el director de tu escuela para disculparse conmigo. Vi tu boleta de calificaciones.
Yolanda se quedó paralizada, sin saber qué decir por un momento.
—Yolanda, entre Matemáticas, Español e Inglés suman trescientos sesenta puntos posibles. ¿Cómo le hiciste para no juntar ni sesenta en total? Si no hubiera sido porque el director me llamó en persona, no me lo creería. Mi nieta, el último lugar de toda la escuela, y Carmen, el penúltimo. Vaya que ustedes dos me llenan de orgullo.
Yolanda se quedó muda. De golpe, los recuerdos la asaltaron: ah, claro... era una pésima estudiante, ¡incluso peor que la boba de Carmen!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA