Entre todas esas cosas, sabía perfectamente que la equitación era el deporte favorito de Patricio, así que había dedicado horas de esfuerzo a perfeccionar su técnica.
—Alba, ¿qué te parece si hacemos una carrera? —sugirió Valeria de repente, con un brillo desafiante en la mirada.
Alba no tenía ganas de hacerle caso.
Conociendo a Valeria, sus propuestas nunca traían nada bueno.
Valeria pensó que Alba estaba asustada y eso aumentó su arrogancia.
—¿Qué pasa, Alba? Será una carrera amistosa, solo para divertirnos un rato —dijo con fingida inocencia, aunque sus ojos destilaban veneno—. ¿O acaso tienes miedo de perder contra mí?
Las personas a su alrededor comenzaron a prestarles atención.
Frida apretó las riendas con rabia:
—Valeria, no te pases de la raya.
Alba soltó una risa repentina:
—De acuerdo.
Si alguien tenía tantas ganas de humillarse, ella con gusto le seguiría el juego.
La miró de reojo, con desdén:
—¿Qué apostamos?
Un brillo manipulador cruzó la mirada de Valeria y sus labios rojos se curvaron en una sonrisa:
—Quien pierda, tendrá que arrodillarse y pedir perdón frente a todos. ¿Qué dices?
Solo de imaginar a Alba arrodillada ante ella, Valeria sentía que cada célula de su cuerpo saltaba de alegría.
Apenas terminó de hablar, Patricio frunció el ceño:
—Valeria, no digas tonterías.
¿Cómo iban a hacer una apuesta así?
Pero Alba sonrió, con una mirada gélida:
—Si tanto te gusta la idea de arrodillarte y pedir perdón, te concederé el deseo.
El rostro de Valeria cambió por completo, furiosa.
¡Ja! ¡Ya veríamos quién se iba a arrodillar! Ella había entrenado profesionalmente, mientras que Alba no era más que una aficionada...
—¡Perfecto! ¡Trato hecho! —Valeria levantó el mentón, convencida de que la victoria ya era suya.
Luego miró a Patricio y, haciéndose la víctima, le dijo con voz melosa:

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