En la pista, mientras Alba ayudaba a Frida a corregir su postura, sintió de pronto una mirada ardiente sobre ella.
Giró la cabeza y vio acercarse a paso lento a un hombre imponente sobre un caballo árabe de color negro puro.
El hombre llevaba un elegante traje de montar gris oscuro; su postura era firme como un roble y sus facciones masculinas lucían aún más atractivas bajo la luz del sol.
Con una ligera sonrisa en los labios, miró fijamente a Alba.
—Qué coincidencia, Alba. ¿También te gusta montar a caballo? —La voz de Liam Góngora sonó profunda y agradable.
Alba se sorprendió un poco, pero asintió con cortesía:
—Qué coincidencia.
No podía creer que el mundo fuera tan pequeño como para encontrarse otra vez.
A su lado, Frida tenía los ojos muy abiertos. Tiró disimuladamente de la manga de Alba y susurró:
—Prima, ¿quién es él? ¿Se conocen? ¡Está guapísimo!
Alba miró a su prima con algo de resignación y le contestó en voz baja:
—¡Comportate! Sí, nos conocemos, es el señor Góngora, del Grupo Góngora.
Liam sonrió levemente. Su mirada se posó en el caballo negro junto a Alba, y su tono denotó admiración:
—Fuego tiene un temperamento difícil, muy pocos logran controlarlo. Se nota que eres una excelente jinete.
Alba acarició suavemente la crin del animal y sonrió:
—Es muy inteligente, solo requiere un poco de paciencia.
Justo en ese momento, la voz de Patricio interrumpió la charla:
—¡Alba!
Haberla visto cabalgar lo había dejado profundamente impresionado.
¡Fuerte y majestuosa!
Era como si esa frase hubiera sido creada exclusivamente para ella.
Patricio no había podido quitarle los ojos de encima.
La presencia de Alba en la pista era deslumbrante, radiante.
Cuando estaban juntos, ella siempre le pareció dócil, aburrida y sin gracia.
Quién diría que después de separarse, Alba cambiaría tanto, como si fuera una persona completamente distinta.
Lo había dejado sin palabras.

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