Esa era precisamente una de las razones por las que Silvia siempre había tratado a Bárbara con una paciencia y cariño impecables a lo largo de los años.
Por el rabillo del ojo, Doña Inés notó la actitud defensiva de Bárbara al dar la cara por su hermana, y se rió en su interior. *Sigue siendo demasiado inexperta, no sabe controlar sus emociones*, pensó.
Luego volvió su mirada hacia Alba, y mientras más la observaba, más le agradaba.
No solo porque sus facciones eran de una belleza impecable, sino porque cada uno de sus gestos transmitía un aura llena de luz y serenidad. Se mantenía de pie con una actitud que no era ni sumisa ni arrogante; tenía un porte excepcional.
En cambio, Valeria, de pie a un lado, parecía un mero adorno en el paisaje, casi invisible.
Era como si nadie en la habitación se hubiera dado cuenta de su existencia.
Acostumbrada a ser siempre el centro de atención, Valeria sentía que la ignorancia la carcomía por dentro.
Recordando el motivo por el que había venido —que ciertamente no era para ser la sombra de nadie—, no pudo evitar abrir la boca para hacerse notar.
—Señora Jiménez, aunque hoy vine acompañando a Bárbara, debo decirle que siempre he escuchado hablar de usted.
—Sé que en su juventud fue una mujer de negocios formidable, valiente y respetada por todos. Tener la oportunidad de saludarla hoy es un verdadero honor para mí.
Al escuchar aquellos halagos acartonados, Doña Matilde esbozó una sonrisa burlona en sus adentros.
*Qué inexperta*, pensó. Las mujeres de la alta sociedad que rondaban su edad ya estaban hartas de oír esos mismos cumplidos memorizados y vacíos.
Y, evidentemente, Doña Inés pensaba exactamente lo mismo.
No solo le fastidiaba escuchar ese discurso, sino que le molestaba aún más que viniera de la boca de aquella joven.
Desde un principio le había disgustado que Bárbara trajera a esa mujer a su casa, y ahora que intentaba destacar desesperadamente, su rechazo solo aumentó.
Especialmente considerando quién era realmente esa muchacha...


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