—¿Q-Qué? —Esta vez fue el turno de Silvia de quedarse sin palabras, desconcertada por lo que acababa de escuchar.
—Lo que quiero decir es que los ojos de Simón ya están curados. No lleva puestos pupilentes, ese siempre ha sido su color de ojos natural.
Tan pronto como Alba dijo esto, todos voltearon a ver a Simón con curiosidad.
Al mirarlo de cerca, en efecto, no parecía llevar lentes de contacto.
Después de todo, por muy sutil que sea, siempre hay una diferencia notable entre usar pupilentes y no usarlos si se mira con detenimiento.
Además, no era algo que se pudiera ocultar fácilmente, simplemente porque saltaba a la vista.
—¡Wow! ¿En serio? ¡Simón, tus ojitos están curados! ¿Cómo fue que pasó?
Al ver que su primito estaba sano, Bárbara se alegró sinceramente por él.
De esta forma, ya no tendría que preocuparse de que los lentes le lastimaran los ojos, ni tendría que sentirse acomplejado por tener una mirada diferente.
Ella siempre creyó que desde que el niño aprendió a ponerse los pupilentes, se rehusaba a quitárselos delante de la gente.
¡Resulta que en realidad ya estaba curado!
—Pues claro que fui yo quien lo curó —dijo Alba con una sonrisa pícara.
—¿Tú? —Los ojos de Bárbara se abrieron de par en par, negándose a creerlo.
—Por supuesto, si no me crees, pregúntale a tu primito, o si prefieres, a tu abuela —Alba la miró fijamente y añadió con sarcasmo—: ¿Estás feliz? ¿Sorprendida? ¿Maravillada?
—¿Desde cuándo sabes curar a la gente? —cuestionó Bárbara, escéptica.
La familia Jiménez había traído a innumerables médicos de renombre y a los mejores especialistas oftalmólogos, pero ninguno había logrado encontrar la causa.
Todos decían que, aparte del aspecto físico, no afectaba su salud ni su visión, por lo que recomendaron dejarlo así y solo hacerle chequeos rutinarios.
¿Y ahora resultaba que esta mujer lo había curado de la noche a la mañana?
—Ay, por favor, no creas que en este mundo solo tu querida hermana es competente. Hay muchísimas personas con más talento que ella, ¿sabes?


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