Liam encontró algo de sentido en sus palabras y asintió:
—Mmm, está bien, lo hablaré con ella a ver si quiere venir a nuestra casa.
—¿Y si no quiere? —preguntó la anciana.
—Si no quiere, pues seguiré en la suya.
Por supuesto, prefería morir antes de vivir separado de ella.
—¡Tú...! ¡Me vas a matar de un coraje! ¡Este fin de semana te quiero aquí para cenar!
Doña Matilde temblaba de furia, pero al ver que no podía imponerse, tuvo que ceder:
—Y tráela a ella también a cenar.
—Este fin de semana invitaron a Alba a casa de los Jiménez, y yo tendré que trabajar horas extra. Lo dejaremos para la siguiente.
Un poco antes, Inés Jiménez la había llamado y hablaron un buen rato. Seguramente, ese chiquillo de Simón quería verla.
Por eso la habían invitado a comer, y él mismo había escuchado cuando Alba aceptaba la propuesta.
—¿Trabajar horas extra tú? ¡Seguro te quedas en la oficina solo porque ella no va a estar en la casa!
¡Qué exasperante! ¡Este muchacho iba a acabar con la vida de esa pobre anciana!
Siempre dicen que los hijos crecen y se van, ¡pero ahora resulta que los nietos también se marchan y no hay cómo retenerlos!
—¡Pues no vuelvan entonces, hmph! —Doña Matilde le cortó la llamada furiosa.
Liam: "..."
¿De verdad era tan obvio?
En efecto, planeaba aprovechar la ausencia de Alba para encargarse de algunos pendientes.
Así podría despejar su agenda y dedicarle más tiempo después.
Tampoco entendía por qué su abuela reaccionaba con tanta cólera; si seguía así, la tensión entre ella y Alba no haría más que aumentar.
*Ay.*
¡Qué dolor de cabeza!
Liam arrojó el teléfono a un lado y, fastidiado, se frotó el puente de la nariz y las sienes.


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