Tras dejar clara su postura, se marchó directamente al estudio a ocuparse de varios asuntos urgentes, además de tener que hacer y contestar un sinfín de llamadas telefónicas.
Después de que él subiera, Pablo e Isaac también se retiraron en silencio a sus respectivas habitaciones para ayudar a gestionar lo que hiciera falta.
El ambiente en la casa de la familia Moreno, que ya de por sí era lúgubre, se volvió aún más asfixiante e insoportable.
Nadie había logrado asimilar la tristeza por la inesperada muerte de su padre, ni la furia tras descubrir la monumental farsa de Valeria y su madre.
Al día siguiente.
La familia Moreno organizó un funeral sumamente discreto. Los únicos asistentes fueron familias y amigos con una relación estrecha.
Mateo, Pablo e Isaac, vestidos con impecables trajes negros y una cinta de luto en la solapa, permanecían con semblantes solemnes frente a la capilla ardiente, recibiendo a quienes acudían a darles el pésame.
Sus ojos estaban inyectados de sangre, producto evidente de otra noche entera en vela.
Beatriz Moreno, incapaz de soportar el dolor desgarrador de tener que enterrar a su propio hijo, no se presentó; se había quedado postrada en la cama del hospital, bañada en un mar de lágrimas.
Lana Moreno, temiendo que los chicos no pudieran con todo, había llegado a primera hora para organizar cada detalle.
Su rostro, pálido y demacrado, dejaba claro lo difícil que le resultaba aceptar que su hermano mayor hubiese fallecido de forma tan abrupta y misteriosa.
¡Lo más exasperante de todo era que aún no habían dado con el asesino, el cual no había dejado ni el más mínimo rastro!
Pablo e Isaac, vistiendo trajes oscuros de riguroso luto, se mantuvieron en silencio al lado de su hermano mayor, asintiendo casi mecánicamente a cada persona que se acercaba a ofrecer sus condolencias.
El ambiente del funeral era profundamente ceremonioso.
La inmensa mayoría de los invitados exhibían rostros consternados y susurraban palabras de consuelo a los hermanos Moreno. En cada comentario se percibía la pena por el sorpresivo fallecimiento de Eduardo Moreno y una gran empatía por la desgracia que atravesaba la familia.
Justo en ese momento, se generó un leve revuelo en la entrada.
Al levantar la mirada, Mateo alcanzó a ver que Valeria y Clara Serrano entraban al recinto.
Su talento para la actuación seguía siendo impecable. De no ser por la soberbia desmedida de ese par, que daban por hecho que Eduardo había muerto sin enterarse de que Valeria no era verdaderamente su hija, es probable que a los presentes se les hubiera ablandado el corazón al verlas tan afligidas.
Mateo la miró sin cambiar de expresión y sin articular palabra. Sus ojos parecían observar el patético número de un par de payasos.
En el fondo, Clara y Valeria lo estaban haciendo a propósito.
Eran perfectamente conscientes de que los Moreno no las soportaban ni en pintura, y aun así decidieron hacer su aparición en un momento como ese.
¡El único propósito era hacerles perder la cabeza de rabia y restregarles que, a fin de cuentas, ellas serían las grandes ganadoras de todo esto!
Y esto era tan solo el principio.
De repente, Mateo rompió el silencio con una voz que, aunque no era elevada, resonó clara por todo el salón velatorio:
—Mi padre no necesita de tus falsas despedidas. Lo más seguro es que ni siquiera hubiera querido ver tu cara.

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