Era cierto que los seres humanos son frágiles; incluso el heredero de una familia rica se veía demacrado y había perdido muchísimo peso al enfermar.
En ese momento, él seguía en coma, dependiendo de un montón de máquinas para mantenerse con vida.
Antes de llegar, Alba ya había revisado todos sus reportes y conocía perfectamente su estado de salud.
De hecho, ya tenía ciertas sospechas en mente.
Ahora, tras examinarlo en persona, usar una solución especial y analizar su sangre, lo confirmó.
Efectivamente, estaba envenenado.
Por suerte, el ataque le dio justo cuando estaba en el hospital, lo que permitió que lo reanimaran en la hora crítica y lo conectaran a las máquinas.
De lo contrario, ni un milagro habría podido salvarlo.
Pasaron casi cinco horas antes de que Alba saliera de la unidad de terapia intensiva.
Su rostro mostraba signos de agotamiento.
Después de estar tantas horas concentrada al máximo tratando a un paciente, relajarse de golpe siempre generaba cansancio.
—Alba, ¿por qué tardaste tanto ahí adentro? ¡Ni los cirujanos se demoran tanto!
—¡Si no sabes cómo tratarlo, sal de ahí y no pierdas el tiempo!
Apenas la vio salir, Isaac le gritó lleno de desesperación.
Su intención era buena porque estaba preocupado por la vida de su hermano, pero habló sin pensar.
Así que...
Al segundo siguiente, Eduardo le soltó una bofetada.
Directo a la cara.
—Si no sabes hablar, cállate. ¡Si dices una palabra más, te echo a patadas de la familia Moreno!
Aturdido por el golpe, Isaac reaccionó sintiéndose profundamente ofendido.
¡Lo había golpeado en su hermoso rostro frente a todos! ¡Acaso no tenía dignidad!
Pero a nadie le pareció un acto noble, de hecho, todos lo vieron como su obligación.
Seguro pensaban que, como Sara la había tratado tan bien, era lo mínimo que debía hacer.
Pero Valeria se sentía indignada. ¿Por qué tenía que ser su obligación?
Sara solo le había dado palabras bonitas y un poco de protección, ¿eso era suficiente?
Las propiedades que le había comprado y transferido, ¿acaso eran la gran cosa?
Ese dinero era de la familia Moreno, y como ella llevaba esa sangre, le pertenecía por derecho.
Así que Valeria no sentía que le debiera absolutamente nada a Sara.
Por otro lado.
—Albita, ¿cómo está tu hermano?
En un pasillo solitario, Eduardo preguntó con ansiedad.

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