Susana tomó los cubiertos de servir y le llenó el plato a la anciana con la comida de su hijo, asegurándose de que comiera hasta quedar satisfecha.
De verdad, si quería comer, solo tenía que decirlo, por qué siempre esperaba que le leyeran la mente.
Ella había pensado que, como su suegra estaba acostumbrada a los manjares más exclusivos y a la comida de chefs de élite, no le interesaría lo que su hijo cocinara.
Después de todo, lo que la anciana había dicho antes la había confundido por completo.
Pero esa actitud de tercos y orgullosos, sin duda, la habían heredado su hijo y su nieto a la perfección.
En ciertos momentos, los tres eran igual de orgullosos.
Menos mal que Alba se había dado cuenta. Albita siempre tan perceptiva y atenta, je, je.
Alba observaba a la anciana devorando la comida y no sabía si reír o suspirar.
Vista así, doña Matilde no se diferenciaba de cualquier otra señora mayor; de hecho, eso la hacía ver mucho más humana y cálida.
—Deberías cocinar más seguido para tu abuela y tu mamá, mira lo felices que están comiendo lo que preparaste —le susurró Alba a Liam, que estaba sentado a su lado.
—Mmm, tienes toda la razón. Entonces, a partir de ahora, vendrás todos los fines de semana, invitaré a mi abuela y cocinaré yo mismo —respondió Liam.
—¿Y por qué tengo que venir yo? Puedes cocinar perfectamente aunque yo no esté —replicó Alba, algo confundida.
—Eso no se puede. Tienes que ser mi ayudante. Además, como dijo mi madre, todos disfrutan gracias a ti —Liam le guiñó un ojo, y sus labios se curvaron en una sonrisa sumamente atractiva y llena de encanto.
Alba blanqueó los ojos al escucharlo y lo ignoró para seguir comiendo.
Ese hombre cada vez era más experto en coquetear.
Por su parte, doña Matilde, que se suponía era la aliada de Silvia, parecía haber cambiado de bando, lo que hizo que la situación fuera aún más humillante para Silvia.
Nadie le sirvió comida, y por supuesto, ella tampoco tuvo el valor de servirse por su cuenta.
En cuanto a su hermano Simón... ¡ya se encargaría de él cuando volviera a casa!
Silvia Jiménez huyó de la mansión Góngora con el rabo entre las piernas, jurándose a sí misma que preferiría morir antes que volver a buscar su propio sufrimiento en ese lugar.
A diferencia de la amargura y el mal rato que pasó Silvia, Susana no se dio cuenta de nada y, francamente, tampoco le importaba.
Ahora mismo, lo que más le interesaba era llevarse bien con su futura nuera.
Pensaba que si lograba ayudar a su hijo a conquistar a la chica antes de que terminaran sus vacaciones, podría regresar al trabajo mucho más tranquila.
—Por cierto, Albita, mañana habrá una subasta. Al parecer, tendrán muchas cosas valiosas, incluyendo algunas hierbas curativas muy raras —comentó Susana de repente, mientras comían fruta en la sala de estar—: Me da mucha curiosidad saber qué son. ¿Te gustaría que fuéramos juntas a echar un vistazo?
—¿Una subasta de plantas medicinales? —preguntó Alba, sorprendida.
Seguramente se trataba de algunas especies extintas o muy difíciles de encontrar, ¿verdad?

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