Si Alba revisaba al niño, seguramente les daría más tranquilidad.
—Sí, claro que lo haré. Si encuentro algo, se los diré, no se preocupen —Alba, por supuesto, no se iba a negar.
Solo que no dijo mucho más, pues por el momento no parecía haber problemas evidentes.
Ambas mujeres respiraron un poco más aliviadas.
—Qué alivio. Albita, ve a jugar con Simón, no te preocupes por estas viejas aburridas.
—Sí, se nota que Simón lleva rato esperándote, jaja.
Ambas fueron muy consideradas, sabiendo que a los jóvenes les termina aburriendo estar con los mayores por mucho tiempo.
Así que los animaron a que fueran a divertirse.
Simón, que había estado esperando escuchar esas palabras, agarró de inmediato la mano de Alba y se la llevó muy feliz.
Se veía tan alegre y enérgico como cualquier niño normal.
Esto llenó de consuelo a las dos mujeres de la familia Jiménez, y les hizo arrepentirse de no haber conocido a Alba mucho antes.
Simón la llevó por los pasillos, guiándola con naturalidad hacia su enorme habitación.
Quería mostrarle sus dibujos, su caligrafía y los juguetes de colección que él mismo había armado.
Pero justo antes de llegar a la puerta, Liam, que había estado esperando afuera, lo agarró del brazo.
—Mocoso, qué natural te sale agarrar a mi mujer.
—¡Quién es tu mujer! —Alba lo negó al instante y le lanzó una mirada asesina—. °Cuántos años tienes para pelearte con un niño?
—Apenas tengo tres añitos, soy muy chiquito —El hombre comenzó a comportarse como un sinvergüenza de nuevo.
Antes, cuando Alba entró a hacerle el chequeo a la señora Inés, él no pudo acompañarla.
Alba observó sus pinturas y sus tareas escolares; todas eran de nivel excepcional.
Que un niño menor de diez años pudiera lograr dibujos tan complejos y obtener la máxima puntuación en exámenes avanzados de matemáticas.
No era algo que se consiguiera sin talento.
Mejor dicho, requería de un don gigantesco.
De no ser por sus problemas emocionales y su salud frágil, si lo apoyaran bien, sería un verdadero prodigio.
Sin embargo, en ese momento ella no sentía demasiada alegría, sino más bien preocupación y sospechas.
Se acercó a Simón, le tomó el pulso en una de sus pequeñas manos y le hizo algunas preguntas sobre su salud.
—Simón, sé sincero conmigo. Cuando no hay nadie, o a escondidas, ¿alguien te ha hecho algo?
—Por ejemplo, ¿golpearte, amenazarte, o tal vez... pincharte y sacarte sangre?

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