Lana apenas podía dar crédito a lo que veía. A través de las gafas protectoras, reconoció esos familiares ojos almendrados.
¡Resultaba que Albita era la Doctora M!
Sus pupilas se contrajeron por la sorpresa. Temblando, intentó levantar la mano para tocar la manga de Alba, pero la anestesia ya estaba haciendo efecto y no tuvo fuerzas.
—Albita... —logró articular con dificultad, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de asombro y alegría. Una profunda paz invadió su corazón.
Alba tomó suavemente la mano de su tía y le susurró:
—Tía Lana, este es nuestro secreto. Ahora descansa y duerme.
El anestesiólogo ajustó la dosis, y los párpados de Lana comenzaron a pesarle.
En su último instante de consciencia, se sintió completamente segura.
En el quirófano, se encendieron las luces.
Alba ocupó su lugar como cirujana principal, y el ambiente en la sala cambió de inmediato.
—Inicien el cronómetro —ordenó con voz clara y firme—. Preparados para la craneotomía.
Los médicos en el área de observación contenían el aliento; algunos incluso encendieron discretamente sus cámaras para grabar.
El bisturí en las manos de Alba se movió con una firmeza absoluta, trazando un arco perfecto.
—Perforador.
Extendió la mano y la enfermera instrumentista se lo entregó al instante.
Con un zumbido, abrió con precisión una pequeña ventana en el cráneo.
Los movimientos de Alba eran fluidos, sin el más mínimo titubeo.
Sus incisiones eran rápidas, implacables y exactas.
—Dios mío... —murmuró un neurocirujano veterano, incapaz de contenerse—. Ese ángulo de incisión es de una genialidad absoluta...
—¡Presión arterial!
—¡Pinzas hemostáticas!
—¡Bisturí número ocho!
La cirugía de Lana se prolongó durante seis horas.
Alba estaba empapada en sudor, y el asistente detrás de ella se lo secaba constantemente. Sin embargo, su mirada seguía concentrada, sin mostrar el menor signo de agotamiento.
Los médicos observadores estaban maravillados. Era un verdadero honor presenciar una operación de la Doctora M; tendrían motivos para presumir el resto de sus vidas.
—¡Sutura! —Llegó por fin el último paso.
Por lo general, el cirujano principal delega la sutura a un asistente.

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