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Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada romance Capítulo 579

—¡Uy, señora, entonces tiene que lucirse! Hoy en día está muy difícil encontrar una buena esposa.

—Ni que lo diga. Ya no hablemos de casarse, ¡con que los muchachos consigan una novia ya es un milagro!

Ese grupo de señoras del mercado era experto en esos temas.

—¿Qué? ¿Tan grave está la situación? —Susana se alarmó de inmediato.

¿Acaso llevaba tanto tiempo encerrada en el laboratorio que se había desconectado por completo de la realidad?

—Claro que sí. Ahora para casarse exigen pagar una boda carísima, comprarles la casa y el carro. Si no, ninguna muchacha acepta.

—Y no solo eso. Además del dinero, una como suegra no puede meterse en nada, porque enseguida caemos mal.

—¡Uy, y ni se diga! Tienes que ayudarlas a cuidar a los nietos, cocinarles y limpiarles la casa, ¡y sin quejarte! Está muy difícil.

Las historias de las mujeres asustaron a Susana, quien se quedó pensando seriamente en el asunto.

Y llegó a una conclusión crucial: contratar cocineros y sirvientes no demostraba suficiente sinceridad. ¡Tenía que hacerlo ella misma!

—¿Qué voy a hacer? Mi hijo es un inútil, no sabe cocinar ni limpiar. ¡Y encima es orgulloso y arrogante, no tiene remedio!

De solo pensar en su hijo, que vivía rodeado de lujos y sirvientes en la mansión de los Góngora, trabajando día y noche en contratos millonarios, le daba dolor de cabeza.

Había desarrollado una personalidad tan fría y distante que espantaba a cualquiera.

¡Qué estrés!

Las vendedoras sintieron que habían encontrado a un alma gemela y asintieron con vehemencia:

—¡Ay, estamos igual! Mi muchacho no hace nada, se la pasa jugando videojuegos creyéndose el rey de la casa.

—El mío es peor, salió de la universidad y no quiere trabajar porque ningún puesto le gusta, es demasiado orgulloso para empezar desde abajo.

—Los jóvenes de hoy son así, piensan diferente. Ahora muchos dicen que no se quieren casar, o son de esas parejas que no quieren tener hijos. ¡Es para volverse loca!

Todo lo que decían las mujeres seguía aterrando a Susana.

—¡Albita, llegaste! ¡Te extrañé muchísimo, parece que hace años que no nos veíamos!

—Hola, Doña Susana. Bueno, en realidad nos vimos hace poco —respondió Alba con una sonrisa educada. Apenas había pasado una semana desde aquel banquete.

—Ay, mi niña, no lo entiendes. ¡Un día sin verte es como un año entero para mí! —rio Susana, tomándola del brazo con tanta confianza que parecían madre e hija.

Le hizo una seña al mayordomo para que tomara la cesta de frutas que Alba había traído.

—La próxima vez ven con las manos vacías, no tienes que gastar en estas cosas.

—No es molestia, tampoco es algo demasiado caro —respondió Alba.

Las reglas de cortesía mandaban no llegar con las manos vacías a casa ajena.

Claro, a menos que fuera a visitar a la familia Moreno.

—Aunque no sea caro, sigue siendo tu dinero —murmuró Susana—. La próxima vez le diré a Liam que te dé una buena tarjeta de crédito.

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