¡Ya vería ese maldito de Liam!
En cuanto lograra deshacerse de él, dejaría de vivir bajo su sombra para siempre.
Tras salir de la empresa, Liam condujo directamente a la casa de Alba.
Había estado allí tantas veces que ya conocía el camino de memoria.
Alba también se había acostumbrado a sus visitas, y lo primero que hizo al verlo fue tomarle el pulso.
Apenas Liam se sentó en el sofá, los delicados dedos de Alba se posaron sobre su muñeca.
Sus yemas se sentían un poco frías, pero por alguna razón, lograban transmitirle una inexplicable sensación de paz.
Y algo más que no sabía cómo describir.
—Tienes mucho estrés acumulado, ¿has estado trabajando hasta tarde otra vez? —le reprochó Alba frunciendo levemente el ceño.
Liam soltó una carcajada suave:
—¿Incluso puede saber eso, doctora Alba?
—No me cambies el tema.
Alba retiró la mano y se dio la vuelta para tomar un pequeño frasco de porcelana del mueble donde guardaba sus medicinas.
—Esta vez ajusté un poco la fórmula. Debería ayudarte a calmar los dolores de cabeza y el cansancio.
Justo cuando le estaba entregando el frasco, el celular de Liam vibró.
El mensaje era de su asistente Ling. Al leerlo, la mirada de Liam se volvió tan fría como el hielo:
—Mi tío envió gente a seguirme.
Venía con tantas ganas de verla que no se había percatado de que lo seguían.
Alba levantó una ceja:
—¿Necesitas que te ayude a perderlos de vista?
—No hace falta —Liam guardó el teléfono, recuperando la calma en su tono de voz—. Que miren si quieren. Pero a partir de ahora, tendrás que tener más cuidado al salir. No quiero involucrarte en mis problemas.
En el fondo, Liam también estaba midiendo un poco el terreno.
Si en un futuro las cosas avanzaban con Alba, ella tendría que lidiar con todo eso tarde o temprano.
—Tranquilo, lo único que me preocuparía es que no se atrevan a venir —respondió Alba con seguridad. No era una mujer fácil de asustar.

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