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Esposa Despreciada. romance Capítulo 46

Torpe, impulsivo, vulnerable.

Presionó sus labios sobre los de ella como quien intenta calmar una tormenta con un suspiro, como si con ese gesto desesperado pudiera detener el tiempo y corregir cada error cometido. Lo hizo como quien lanza una súplica muda al universo, como si ese beso pudiera devolverle a la mujer que había dejado al abandono sin comprender cuánto le dolería perderla.

Su respiración se entrecortó al sentir su boca sobre la de Isabella, y en su mente solo había caos, deseo y una súplica inconsciente: "No te vayas aún..."

Isabella se quedó inmóvil, como si el tiempo se detuviera y su cuerpo olvidara cómo reaccionar. La sorpresa le heló la piel, paralizándola por completo.

Quiso apartarlo, lo pensó con claridad, lo deseó con fuerza, pero por un instante, uno solo, la nostalgia se coló entre sus defensas como una marea silenciosa que arrastra sin pedir permiso.

Su cuerpo recordó lo que su mente se esforzaba en enterrar y respondió mínimamente, casi de forma automática, como si una parte de ella aún habitara en el pasado, como si el eco de un amor que ya no existía se resistiera a morir.

Sus labios se movieron apenas, lo justo, lo necesario para que él, en su delirio, creyera que aún quedaba algo que salvar.

Y fue en ese instante, cuando sus labios apenas correspondieron con un suspiro tembloroso, que algo dentro de ambos se quebró de forma casi imperceptible.

Y entonces sucedió, ambos se dejaron llevar por ese beso como si nada más importara, como si el mundo pudiera detenerse alrededor suyo y lo único real fuera el roce de sus labios.

Isabella, atrapada en ese instante, sintió cómo su cuerpo la traicionaba al rendirse poco a poco a la sensación, a la calidez, al recuerdo. Por un breve instante, el presente se confundió con una escena de su memoria, aquella tarde en la casa de campo donde fueron simplemente ellos, sin máscaras, sin culpas, solo dos cuerpos que se buscaban sin juicio.

Pero esta vez era diferente.

No estaban en un refugio ajeno, sino en lo que ahora se suponía era su hogar.

Y aun así, algo en su interior le susurró que tal vez, solo tal vez, podía rendirse un segundo más.

Sebastián, como si lo sintiera, dejó que sus manos recorrieran su espalda con una lentitud reverente hasta llegar a sus caderas. Entonces, en un movimiento impulsivo, la alzó con facilidad, y sus piernas se enroscaron a su cintura casi por instinto.

No dejaron de besarse. Fue un beso lleno de heridas abiertas, de silencios que gritaban desde lo más profundo, de un deseo revuelto con rabia contenida, celos sin nombre y todas las palabras que nunca se atrevieron a decir.

Sus labios hablaban por ellos, recordando caricias que quedaron en el aire y promesas que jamás se cumplieron. Era un beso que dolía y sanaba al mismo tiempo, uno que los fundía en el presente mientras sus cuerpos aún cargaban los escombros del pasado.

Cada movimiento, cada roce, parecía una súplica muda por lo que fueron y un intento desesperado por rescatar lo que aún podría ser.

Él caminó con ella entre brazos hasta la habitación, empujó la puerta con el pie y la cerró de un portazo que no sonó violento, sino necesario, como si necesitara aislarse del mundo para vivir lo que venía. La depositó sobre la cama con una delicadeza que no parecía suya y, al mirarla a los ojos, hubo ternura, una que no recordaba haberle visto en mucho tiempo.

—Sebas...

Volvió a besarla callando cualquier palabra que pudiera arruinar el momento, pero esta vez más despacio, como si deseara grabar el momento en su piel. Se colocó entre sus piernas con un cuidado casi reverencial, y ambos respiraron el mismo aire.

Fue entonces cuando entendieron que estaban a punto de cruzar una línea. Porque, aunque llevaban casados un mes, jamás habían compartido una noche como esa, ni siquiera en su luna de miel.

Aunque para Isabella no era la primera vez con él.

Sebastián no podía contenerse, la besó sin restricciones, sin máscaras, con la fuerza de alguien que por fin se atreve a desear sin miedo, sintiendo su cuerpo suave y cálido bajo el suyo, respondiendo a cada roce.

Isabella, por su parte, se dejó arrastrar por la sombra de la mujer que lo había amado tanto, demasiado, y que aún conservaba una chispa dentro, como una vela resistiéndose a apagarse.

Él comenzó a desabotonarse la camisa mientras sus labios se mantenían unidos los justos segundos posibles, sintiendo como su miembro ya endurecido rozaba con su entrepierna, pero le estorbaba cada prenda que cubría sus pieles.

Con una destreza que parecía surgir de una memoria antigua, como si su cuerpo conociera cada curva de ella, Sebastián le quitó la blusa con una suavidad que contrastaba con la intensidad del momento. Sus labios se separaron apenas lo indispensable, permitiéndole deslizar la prenda por sus brazos con una reverencia que parecía más una súplica que un deseo.

La dejó allí, tendida bajo él, con el torso cubierto apenas por el encaje del brasier, a un suspiro de la desnudez, mientras su respiración se entrelazaba con la de ella, enredados en un silencio que ardía más que cualquier palabra.

—Eres hermosa, Isabella. —susurró sobre sus labios, admirando sus mejillas encendidas y su mirada brillante, antes de volver a besarla con pasión.

Fue entonces cuando Sebastián deslizó los dedos por su cintura desnuda, dejando que sus yemas recorrieran lentamente cada rincón de su piel, como si tratara de memorizarla con el tacto. Sus caricias no eran apresuradas ni posesivas, sino reverentes, como si cada centímetro descubierto fuera un tesoro que solo él tenía el privilegio de explorar.

Dejó una serie de besos suaves, casi temblorosos, en la loma de sus pechos, sin atreverse aún a quitarle el brasier, como si supiera que debía respetar el ritmo de ese momento, el delicado equilibrio entre el deseo y la memoria. Era un gesto más de devoción que de lujuria, una forma silenciosa de decirle que no tenía prisa, que estaba dispuesto a quedarse y a sanar, si ella se lo permitía.

Y justo cuando ella soltó un leve suspiro, rendida ante el calor, ante el cuerpo, ante el momento… fue entonces cuando su mente, traicionera, le mostró la imagen nítida de aquella nota.

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