Sebastián sintió que cada palabra de Isabella era una astilla que se le incrustaba con precisión quirúrgica en el centro del orgullo, pero había algo más, algo que lo roía desde las fotografías matinales.
La posibilidad de que Isabella descubriera una vida lejos de él.
Y eso lo sacaba de sus cabales.
—No eres su socia, Isabella, eres… —buscó un arma verbal, una herida certera, un insulto que le devolviera el control, pero se perdió en la firmeza gélida de su mirada—. Eres un peón en su juego.
Ella soltó una risa breve, seca, carente de alegría y de compasión, una risa que no resonó en el pecho ni en la mirada, sino que salió como una exhalación helada, cortante, como si cada sílaba de Sebastián no tuviera ya peso en su mundo.
Aquellas palabras, lejos de herirla, apenas rozaron la superficie endurecida de una mujer que ya no era la misma que un día se calló para no incomodar.
—Hace un mes era tu peón. Hoy defiendo mis propios intereses. Alguien debería estar orgulloso, ¿no crees? —declaró con ironía contenida. No temblaba su tono; temblaba el mundo alrededor de sus palabras.
Él tragó saliva con dificultad. Una cuerda invisible le apretaba la garganta, y aunque intentó disimularlo, sus ojos lo delataban. No era solo el orgullo herido lo que lo atormentaba, sino una punzada glacial en el pecho, una que había aprendido a ignorar durante tanto tiempo que, al revivirla, lo dejaba desconcertado, incapaz de articular siquiera una defensa lógica.
—¡Mierda, Isabella! ¿Vas a tirarlo todo? ¿Y nuestro matrimonio qué? ¿Ya no te importa? —comenzó gritando, pero terminó susurró con la voz resquebrajada. Por primera vez, su tono fue más súplica que exigencia, más ruego que reclamo. Una grieta se abrió en su fortaleza habitual—. Isa, podríamos… podrías quedarte en la empresa. Prometo que no cuestionaré tu presencia. No hace falta que…
La frase se arrastró como un niño que se resiste al sueño, pataleando contra lo inevitable, con la voz apenas sostenida por el delgado hilo del orgullo que aún no cedía del todo.
Sebastián no sabía exactamente por qué suplicaba, por qué había descendido a ese punto en el que prefería humillarse antes que verla marcharse, pero lo cierto era que algo dentro de él se había quebrado.
Sentía que si no decía algo, cualquier cosa, la perdería sin remedio. Aun así, las palabras se le hacían un laberinto, porque en el fondo sabía que había hecho todo mal, sabía que sus decisiones la habían destrozado más de una vez, pero también era lo bastante orgulloso como para no aceptarlo en voz alta.
Ese nudo entre el arrepentimiento y el orgullo lo tenía atrapado en un limbo donde el silencio dolía más que el grito y donde su miedo a perderla era tan grande que apenas lograba respirar.
Isabella cerró los ojos al escucharlo llamarla "Isa" con esa ternura extraña, esa vulnerabilidad que solo había escuchado en dos o tres ocasiones. Y sin quererlo, sin desearlo, se vio invadida por una avalancha de recuerdos tan crueles como punzantes.
Todo regresó en cámara rápida, una sucesión violenta de escenas que se incrustaron en su mente con la fuerza de una descarga eléctrica.
La sala de juntas apareció primero, con su eco metálico, su voz gélida corrigiéndola frente a todos, y luego las carcajadas sutiles de quienes aplaudían su humillación como un espectáculo más.
Después, los vestidos impuestos por Alessia, cuidadosamente seleccionados no para halagarla sino para humillarla. Eran trajes ajenos a su esencia, trajes que la hacían ver ridícula ante los demás, como si Alessia se asegurara de que el mundo percibiera su supuesto mal gusto al vestir, cuando en realidad era la otra quien elegía cada tela.
Las flores recicladas de aniversarios sin alma, siempre las mismas, entregadas con la misma frialdad mecánica de quien cumple con un trámite.
Las noches largas y frías, en las que el espacio vacío a su lado en la cama se convertía en un abismo insondable. Ese hueco no solo era físico, sino también emocional, un recordatorio punzante de que estaban juntos solo en apariencia. Pero también regresó a su mente aquella noche en la casa de campo, cuando todo pareció real, cuando se sintieron como una pareja de verdad, riendo frente a la chimenea, compartiendo confesiones a media voz, tan entregados el uno al otro que parecía que nada ni nadie podría quebrarlos. Se entregaron sin reservas, en cuerpo y alma, y por un instante fugaz, Isabella sintió que lo tenía solo para ella.
La esperanza rota de un embarazo que creyó que los uniría, que cambiaría algo, y que terminó en una tragedia envuelta en sangre y silencio.
El auto, el impacto contra su cuerpo, el pavimento húmedo, la sangre.
La muerte suya y la de su bebé anhelado.
Todo comprimido en un solo parpadeo, como si la vida se lo escupiera a la cara para recordarle por qué había aprendido a endurecer el alma, y por qué había regresado con una segunda oportunidad.
No iba a cometer el mismo error dos veces.
Fue solo un instante, un parpadeo en su interior, pero dolió como si lo reviviera.
Abrió los ojos lentamente, como quien despierta de una pesadilla disfrazada de recuerdo y regresó al presente, arrastrando consigo la estela del pasado que aún ardía bajo su piel.
El salón elegante se alzaba ante ella, imperturbable, con sus lámparas de cristal y su luz cálida que no lograba disimular lo frío del ambiente. Y allí estaba ella, firme, erguida, sintiéndose por primera vez la protagonista de su propia historia.
Una versión de sí misma empoderada, lúcida, libre de los grilletes emocionales que alguna vez confundió con amor.
Una mujer que ya no agachaba la cabeza, ni aceptaba la sumisión decorada de afecto vacío.
Una Isabella que no pedía permiso para ser fuerte.
Esa mujer que ya no mendigaba amor.
—Ese matrimonio fue una imposición, Sebastián. Soy tu esposa solo en el papel. No hay nada que tirar porque esto nunca fue real —declaró, y aunque su voz titubeó un segundo, enseguida recuperó la firmeza con una mirada helada—. Nuestro matrimonio solo es un acuerdo. Un negocio entre dos familias. Nada más.

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