Alessia se mantuvo en silencio, sus labios apretados en una línea tensa. La rabia le ascendía por la garganta mientras sentía cómo el calor subía desde su cuello hasta encender sus mejillas.
Buscó apoyo en la mirada de Sebastián, como quien lanza un salvavidas en medio de un naufragio emocional, pero él seguía inmóvil, atrapado entre la impotencia, la sorpresa y una resignación que se colaba por los bordes de su fachada.
Leonardo carraspeó suavemente, rompiendo el silencio con la autoridad de quien sabe cuándo intervenir.
—Señorita Bertone —dijo con voz serena pero firme, el tono de un veterano que ha presenciado muchas batallas corporativas—, un currículum vacío no es un pecado. Todos comenzamos en algún lugar, pero lo que no podemos hacer, bajo ningún concepto, es exponer a esta firma a riesgos innecesarios, así tenga una amistad con el CEO. Mi voto, al menos por ahora, es no aprobar la creación de esa mesa con la estructura actual.
Uno de los consejeros asintió de inmediato, dejando su bolígrafo sobre la carpeta y levantando la mano con decisión. El segundo hojeó el dossier con gesto reflexivo, leyó unos párrafos clave y, finalmente, también se sumó al rechazo.
Giacomo, saboreando cada segundo de la escena, guiñó con sutileza un ojo en dirección a Isabella antes de levantar su mano con una sonrisa apenas perceptible.
Aunque había acudido esperando una sesión técnica más, lo que presenció superó cualquier expectativa, el espectáculo que se acababa de desarrollar frente a sus ojos fue mucho más que una simple disputa corporativa.
Su cuñada, Isabella, lo había impresionado como nunca antes. La firmeza con la que manejó la situación, la elegancia con la que desmanteló cada argumento de Alessia y la manera en que reclamó su lugar sin levantar la voz, lo dejaron en un estado de admiración silenciosa.
Nunca la había visto tan imponente, tan dueña de la escena, y esa revelación le dejó claro que había una nueva jugadora en el tablero, una que ya no pedía permiso para mover sus piezas.
Sebastián comprendió entonces que la jugada estaba perdida. Soltó el puntero sobre la mesa, respiró profundamente y, tras una pausa breve pero cargada de tensión, habló con la gravedad de quien intenta mantener el control de una sala que ya no le responde.
—De acuerdo —dijo Sebastián con voz más grave que de costumbre, mientras soltaba el puntero con un leve clic metálico que rompió el aire contenido de la sala—. Revisaremos la composición del equipo y presentaremos una propuesta ajustada en la próxima sesión. Por ahora, la creación de la mesa queda rechazada, y el proyecto FinCorp C-Series pasa a revisión extendida.
Mientras hablaba, su tono, aunque controlado, dejaba entrever el sabor amargo de la derrota, y sus ojos permanecieron fijos en la hoja frente a él, como si evitar las miradas ajenas fuera su única estrategia para no derrumbarse del todo.
A su alrededor, varios miembros del comité intercambiaron breves asentimientos, comprendiendo que aquella resolución, aunque necesaria, era también una fractura interna para la dirección de la firma.
Leonardo asintió con la solemnidad de quien da por cerrada una contienda, y hasta el sonido de los portátiles cerrándose pareció más lento, como si todos necesitaran procesar lo que acababan de presenciar.
Isabella se recostó levemente contra el respaldo de su silla, cruzando los brazos con una satisfacción apenas contenida. Había detenido el ascenso de Alessia con argumentos sólidos y pruebas concretas, sin necesidad de escándalos ni enfrentamientos altisonantes. Lo había hecho utilizando la herramienta más poderosa que tenía: el conocimiento.

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