Ningún pretendiente se había atrevido antes. Emeriel habría rechazado con un empujón bien colocado, un golpe rápido o una respuesta mordaz. Pero esta noche, se sentía vulnerable, sus defensas desgastadas.
El beso fue una agonía.
Era como mil agujas pequeñas pinchando su piel desde todos los ángulos, su estómago revuelto de náuseas.
Los recuerdos de los labios de otro, del tacto de otro, la invadieron. Los besos profundos del Rey Daemonikai, la sensación de su lengua contra la suya. El recuerdo asaltó todo el ser de Emeriel.
El anhelo surgió, abriéndose paso desde lo más profundo de su estómago...
No, no, no.
Ella apartó sus labios de los suyos, retrocediendo tan rápido que perdió el equilibrio y cayó fuertemente al suelo.
-¿Estás bien?- Daviel extendió la mano hacia ella, pero ella se levantó de un salto, retrocediendo para poner la mayor distancia posible entre ellos.
-Estoy bien,- jadeó, sacudiendo su ropa con manos temblorosas, tratando de mantener a raya la desesperación que crecía dentro de ella. -Vamos a dar por terminada la noche, Príncipe Daviel.
-Pero, Emeriel—
-Buenas noches.
Se dio la vuelta y se alejó. Con cada paso, la desesperación se acercaba hasta que la alcanzó y la envolvió por completo.
MISTRESS SINAI
Mistress Sinai irrumpió en sus aposentos, furiosa. Una noche pasada en el calabozo, todo por culpa de esa puta malnutrida. Necesitaba matar algo.
-¡Preparadme un baño en este mismo instante!- gruñó, y sus criadas se estremecieron.
-T-tu baño está listo, señora,- balbuceó una de ellas, apenas capaz de mirar a los ojos de Sinai.
Apartando a las criadas de un empujón, Sinai se despojó de sus prendas y se sumergió en el baño caliente. Pero ni siquiera el calor reconfortante logró calmar sus nervios.
Esa perra había tenido suerte. Si hubieran estado en la misma celda, solo una de ellas habría salido con vida.
-Tú eres la única dueña de tu amo, pero no deseada por él. Dos milenios juntos, y nunca te eligió. Él fue de la Reina Evielyn desde el principio. Incluso después de su muerte, él no te mira. ¿Y ahora? Ahora, pertenece únicamente a Emeriel.
Sinai apretó los puños. Estúpida perra, ¿qué sabía ella?
Su Daemon la quería.
Su Daemon era suyo.
Incluso Emeriel lo había admitido cuando huyó de Urai, con el rabo entre las piernas, sin intención de regresar.
PRINCESA AEKEIRA
Aekeira empujó la puerta de Emeriel, los goznes crujieron en el silencio.
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