Sinai siempre había sabido acerca de las depravaciones de Zaiper. Demonios, había habido un siglo entero en el que se había entregado a innumerables asuntos con él por eso. Pero o él se había vuelto más enfermo con los años, o la estaba castigando por su error de hace tres días.
-¿Estás bien, Señora Sinai?
Sinai enderezó su espalda, ocultando su dolor tanto como pudo. -Señora Gaille. ¿Qué te trae a esta parte de la fortaleza?
-Oh, ya sabes cómo somos nosotras, las damas,- Gaille simperizó, acercándose con una sonrisa azucarada que le hacía doler los dientes a Sinai. -Nos gusta nuestro aire fresco donde sea que podamos conseguirlo.
-¿Es así?- El tono de Sinai era cortante.
-En efecto.- Los ojos de Gaille recorrieron a Sinai, sus labios adelgazándose. -Aunque, alguien ha estado visitando los aposentos de mi señor con más frecuencia de lo esperado. ¿Cuántos días van ya?
Sinai levantó su mentón desafiante. -Tu señor y yo tenemos algunos asuntos que atender.
-Asuntos, dices? Asuntos son entonces.- La voz de Gaille goteaba de veneno. -No te acerques a mi señor, Señora Sinai. Él es mío.
Sinai se burló. -Tuyo y de unas cientos más. No seas delirante, Gaille. Tu señor no pertenece a nadie y a todos.
El rostro de Gaille se enrojeció de ira, pero tomó una respiración profunda y medida.
Sinai observó, divertida, cómo la otra mujer luchaba por controlar su furia.
Finalmente, Gaille habló entre dientes. -¿Cómo te sentirías si yo rondara a tu señor?
La risa de Sinai resonó por el pasillo, aguda y burlona. -Ambas sabemos que lo has intentado antes. Varias veces, incluso. Te rechazó como a un saco de papas podridas.
Las doncellas de Gaille jadeaban al unísono, sus rostros una visión de sorpresa e indignación. Su señora misma se volvió de un rojo furioso, sus venas palpables bajo su piel. Sinai medio esperaba que se transformara en ese momento.
-Mi señor es deseado por todos, pero inalcanzable para cualquiera,- sonrió Sinai. -A diferencia de tu señor, que monta cualquier cosa con un agujero, macho y hembra, cualquier cosa con pulso—o sin él, en realidad.
La sonrisa de Gaille fue un cruel tajo en su rostro. -Al menos mi señor me desea,- replicó, cruzando los brazos. -Mi señor puede tener a muchos, pero aún me quiere a mí. Me desnudo, me meto en su cama por la noche, y él me recibe. A diferencia tuya.
La diversión de Sinai murió.
-Eres la única señora de tu señor, pero no deseada por él,- presionó Gaille, engreída. -Dos milenios juntos, y nunca te eligió. Siempre fue de la Reina Evielyn desde el principio. Incluso después de su muerte, no te mira. ¿Y ahora? Ahora, pertenece únicamente a Emeriel.
Emeriel. El nombre golpeó a Sinai como un puñetazo en el estómago.
Su sangre hervía bajo su piel. -¿Qué acabas de decirme?
Gaille se acercó, sus ojos brillando. -Me escuchaste. Él preferiría pertenecer a una humana que a su señora Urekai. Un año con ella fue suficiente para ganarse su corazón, mientras que tú has tenido dos mil años y ni siquiera lograste que te mirara. La risa de Gaille fue un sonido áspero y triunfante. -Tú, Señora Sinai, eres la burla de todas las burlas.
Un grito rasgó la garganta de Sinai mientras se transformaba en su forma bestial, sus músculos ondulándose y sus huesos crujiendo.



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